Madre, el más grande de los títulos; por Jeanette Ortega Carvajal

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Tener un hijo es una decisión personal y muy respetable, tanto, que no debe ser cuestionada por nadie. Cada uno de nosotros somos dueños de nuestras vidas y tenemos el derecho y la libertad de elegir qué camino tomar, con quién compartirla y a quiénes incluir en ella.

Tener un hijo es hermoso, sí, pero es un cambio radical. Es asumir con amor la más dulce de las responsabilidades. Es aceptar que existe un compromiso por encima de nosotros mismos. Por eso, la decisión debe tomarse cuando alcancemos la madurez y una estabilidad emocional y económica, que nos permita cubrir las necesidades de quienes aún antes de nacer, comenzarán a depender de nosotros.

Ser madre es hermoso, sí, pero no es fácil. Cada niño tiene su personalidad y eso hay que respetarlo. Cuando son ajenos, los niños nos parecen maravillosos y de hecho es así, pero cuando son nuestros debemos establecer en nuestro hogar un equilibrio entre el amor y la mano dura. Enseñarles qué es bueno y qué es malo, lo correcto y lo incorrecto, lo que es decente y lo que no. Premiarlos y corregirlos, fácil no es, hay que reconocerlo, pero es un labor sublime e importante que debemos hacer.

Ser madre y padre es lindo, sí, pero a veces es complicado y en el caso de estar ambos, hay que dividir responsabilidades. Al transformarnos en padres nos convertimos en escultores que debemos intentar tallar valores, principios y respeto en nuestros hijos. La labor es diaria e inacabable y aquello de “la educación es el mejor legado”, no es una frase.

Cada etapa de crecimiento es distinta y debemos tener la humildad de escuchar la experiencia de otras madres. Asesorarnos y leer todo aquello que nos facilite comprender a nuestros hijos, será de utilidad para saber lo que les está ocurriendo y ayudarlos cuando así lo requieran.

Alguna vez, en algún lado, no recuerdo quién lo escribió, leí que cuando no se tiene un hijo no nos hace falta y podemos sentirnos felices con el amor de los sobrinos pero, cuando tenemos uno, ya no podemos vivir sin él. Eso es amor, el más puro y desinteresado que existe.

Ser madre, ahora lo comprendo, no sólo es un cambio radical de vida. Es darle más sentido a la que ya tenemos. Gracias a nuestros hijos nos convertimos en seres versátiles capaces de hacer cualquier cosa por amor. Nos transformamos en maestros y alumnos porque aprendemos mientras enseñamos. Nos volvemos médicos y enfermeras porque los cuidamos cuando se sienten mal. También somos psicólogos, entrenadores deportivos, choferes e incluso mandaderos cuando nos encargan algo y si lo merecen o hace falta, salimos corriendo a buscar ese algo por todas partes.

Sí, nuestros hijos son personitas hermosas que nos llenan de anécdotas mientras los vemos crecer. Por ejemplo, Valentina, mi hija, la guié a través de la magia y los cuentos infantiles. De pequeñita le presenté personajes maravillosos como la Cenicienta y su Príncipe Azul, Pinocho y su papá Gepetto y Dumbo quien con sus largas orejas impresionaba a la gente del circo. Le enseñé también cuán lista fue la Caperucita Roja por no caer en las trampas del lobo feroz y eso la hacía reír mucho. También conoció a través de los libros, al joven Peter Pan y volando con polvo de hadas, Valentina lo acompañó y junto a Campanita viajó hasta el país de Nunca Jamás.

Yo, como muchas madres, he disfrutado lo indecible con cada carta que mi hija le escribió al Niño Jesús aunque los regalos se los traía San Nicolás porque era más grande y fuerte. Jamás podré olvidar como, feliz y emocionada, ella me levantaba tempranito al descubrir que el Ratón Pérez le había dejado un regalo a cambio de su dientecito de leche.
Pero como los hijos crecen, los problemas cambian y crecen también, nosotros debemos estar a la altura para seguir ayudándolos ya que un hijo es para toda la vida. En mi caso, le debo mucho a Dios porque que mi niña, al nacer, me concedió el título más grande que cualquier mujer puede tener, el de madre.

Esta época de pandemia en donde nuestros hijos pasan el tiempo con su computadora, encerrados en cuartos oscuros y con horarios invertidos, son difíciles para ellos y para nosotros. Con amor, fe, perseverancia y mucha paciencia, saldremos adelante. Sé que así ocurrirá. Los hijos, no lo olvidemos nunca, son la prueba fehaciente de que Dios existe y él nunca nos abandona.

A todas las madres del mundo, mis bendiciones, mi respeto, mi admiración y el más profundo deseo de que Dios siga ayudándonos a ser cada día mejores.

Twitter: @jortegac15

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