La enfermedad que debió ser pandemia: El Síndrome K

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Corría el otoño de 1943, para octubre en un hospital de Roma un grupo de médicos descubrían la que sería descrita como una enfermedad altamente contagiosa y mortal, de origen indeterminado, sintomatología similar a las de otras afecciones, y que en su etapa final, en medio de dolores profundos, ocasionaba desfiguración en los rostros de sus portadores. Fue denominada Síndrome K, y permaneció casi en secreto hasta 60 años después.

La ciudad eterna había sido invadida desde septiembre por las tropas de sus aliados alemanes, y esta vez, aunque la guerra llevaba varios años segando vidas, el miedo se dibujaba en los rostros de los romanos, caminaban pegados a las paredes y las conversaciones se limitaban a susurros que se entrecortaban por el temor a los oídos siempre atentos de las SS.

Los síntomas iniciales eran, dolor de cabeza, náuseas, vómitos; el Síndrome K, era una enfermedad letal que podía infectar y matar a cualquiera que estuviera en contacto con sus portadores. La única estrategia para su manejo, adoptada por los doctores Vittorio Sacerdoti, Giovanni Borromeo y Adriano Ossicini, sus descubridores en el Hospital Fatebenefratelli, era la cuarentena estricta de los afectados. Los resultados fueron excelentes, todos los pacientes sobrevivieron, y aún hoy sus descendientes agradecen al grupo de galenos.

El silencio y desconocimiento alrededor de esta enfermedad tiene una causa simple, nunca existió como patología, ni en ningún listado médico. Fue una invención astuta y valiente para salvar a los judíos de Roma que comenzaban a ser cargados en trenes camino a Auschwitz. Inventar una enfermedad para salvar la vida de cientos de judíos, fue la estrategia que idearon los médicos, pero tenía que ser muy contagiosa, y tan mortal, que los soldados alemanes no se atreverían a acercarse a los enfermos.

Ni Vittorio Sacerdoti, o Giovanni Borromeo o Adriano Ossicini, aceptaron nunca ser tratados como héroes, guardaron la historia en sus memorias porque, como afirmaron 60 años después cuando algunos sobrevivientes quisieron homenajearlos, los médicos juran salvar vidas y este es el deber fundamental, cueste lo que cueste, sin importar los riesgos: “Solo estaba cumpliendo con mi deber de médico” dijo Ossicini en una entrevista a la televisión. Enfrentaron a las fuerzas alemanas con sus propias armas: estetoscopios, gráficos y batas como escudos, y vencieron.

Crear una enfermedad, o tener una estrategia para salvar judíos, no fue algo planeado y obedeció más a una reacción rápida ante las circunstancias de la guerra. En septiembre de 1943 Roma estaba bajo la ocupación de las tropas nazis que habían llegado con una tarea principal, limpiar la ciudad de miles de judíos. En medio del río Tíber, desde hacía 450 años en la pequeña Isola Tiberiana, un islote a tan solo tres kilómetros del Vaticano, se asentaba el hospital FATA- BENE FRATELLI, que significa “Hagan el bien… Hermanos”. Manejado por monjes católicos, el hospital tenía por vecinos en la orilla contraria a su fachada, y a menos de 200 metros, el barrio judío de Roma. En aquel septiembre, el doctor Giovani Borromeo era el director médico.

La memoria de quienes sobreviven a aquellos días falla en los detalles, algunos dicen que el 6 de octubre, otros que el 16, lo cierto es que los alemanes asaltaron el gueto judío, las capturas eran masivas, arrastraban a las mujeres con sus hijos que en medio de gritos y llantos iban abrazados a faldas y piernas; todos eran montados en camiones custodiados por soldados nazis. Un monje llegó corriendo hasta donde el doctor Sacerdoti y le gritó: “doctor venga rápido, se llevan a los judíos”, Vittorio relataría años después como vio a un hombre alto con uniforme de las SS y un fusil en la mano, que arrastraba a un niño mientras una madre gritaba “… Huye David, Huye David”, la escena era impresionante, sacaron a los refugiados en la sinagoga, no había un lugar seguro. Ese día fueron deportados más de mil judíos de los 13 mil que vivían en Roma. Nunca volvieron a ser vistos con vida.

Varios días después, alrededor de las 11 de la mañana, un grupo de judíos visitó el hospital y preguntó por el doctor Vittorio, todos le pidieron ayuda. Ante la impotencia física que como médico tenía para enfrentar a las fuerzas de ocupación, pero con el dilema ético de tener que ayudar a aquellas personas, acudió al profesor Borromeo, su jefe y mentor; tras algunos segundos, Giovanni Borromeo decidió inventar una enfermedad que permitiera alarmar y mantener alejados a los nazis, la estrategia, era hacerles temer que podían contraer una enfermedad peligrosa.

La solución, fue la única y más inteligente a la que podía recurrir el conocimiento de un médico, inventar una enfermedad, pero tenía que ser terrible. Por eso ese mismo día decidieron que sería muy peligrosa, agresiva y neurodegenerativa, pero, había otro problema, mantener la argucia en secreto, la patología tenía que ser real, por lo tanto no se le informó a los monjes que administraban el hospital para evitar que el Vaticano o la curia se enteraran, dados los vínculos entre el papa y las fuerzas e ideas nazis.

Aquel mismo día, Sacerdoti y Giovanni Borromeo, internaron al grupo que había acudido en busca de ayuda, todos fueron diagnosticados con el Síndrome K.

El nombre elegido para la nueva enfermedad fue la cereza en el pastel de un engaño que hasta ese momento no sabían si tendría éxito. En el hospital trabajaba el médico siquiatra Adriano Ossicini, declarado antifascista que fue informado de la estratagema, a él se debe el bautizo más irónico posible, la K elegida hacia referencia al comandante Albert Kesselring, jefe de la ocupación nazi en Italia, y también coincidía con Herbert Kappler, el coronel de la SS que dirigía la persecución de los judíos en Roma, y que una vez concluida la guerra fue encontrado culpable de la muerte de por lo menos 335 rehenes. Nombrar la enfermedad que se suponía era mortal con el nombre de dos comandantes nazis, tenía un sentido lógico, ¿qué podía ser más mortífero que aquellos hombres? Pero el engaño tenía que ser sutil, así que la letra K también podía significar cáncer en alemán, Krebs, o tuberculosis, síndrome de Koch, esto les permitió jugar con el término, aunque en el fondo, ellos sabían que era una forma de humillar la inteligencia germana.

Una vez aceptada por los tres galenos la tarea de salvar a los judíos que pudieran, se informó a algunas enfermeras y otros miembros del personal del hospital, todo bajo el sigilo conspirativo que ameritaba la empresa, y se acabó de completar la estrategia. Para diferenciar entre pacientes reales y los judíos escondidos, el doctor Borromeo abrió una nueva unidad en el hospital y para ello escogió una sala de asilamiento donde solo se albergaban judíos con el Síndrome K; con el paso de las semanas fueron varias las salas marcadas con grandes letreros que decían: “Prohibido tocar a estos pacientes”.

Los doctores entrenaron a los “hospitalizados” para que tosieran violentamente en caso de una inspección alemana; se crearon documentos con exámenes falsos, graficas, diagnósticos, recomendaciones de manejo y dietas, como si fueran pacientes ordinarios, y en las historias clínicas, aparecía el fatídico Síndrome K, lo que para unos pocos miembros del personal en realidad quería decir: “soy un judío”.

Fueron muchas las veces, ante todo al principio de la ocupación, en que las tropas alemanas peinaron el hospital, y para que el plan tuviera éxito los nazis debían quedar convencidos de la gravedad de aquellos pacientes, para eso los médicos los acompañaban hasta las salas de aislamiento mientras les advertían de los síntomas y las altas probabilidades de contagio; las enfermeras en las salas se cubrían con mascarillas, guantes y grandes batas blancas que las cubrían hasta los pies; la enfermedad era tan letal que podía infectar a cualquiera que entrara en contacto con ellos, les decían a los soldados, mientras el personal del hospital les señalaban que lo más probable era que en los estrechos trenes de deportación un solo pasajero enfermo podría infectar a todos los que estaban a bordo, incluidos los soldados. Explicaciones que eran acompañadas por un coro de toses y lamentos que venían desde las camas.

La reacción de los soldados, incluyendo a los más “valientes y arriesgados”, los de las SS, siempre fue la misma, abandonar el hospital sin llevarse a un solo paciente, sin siquiera tomarse la molestia de inspeccionar a las personas en esas habitaciones, y con una justificación interna, si de todas maneras van a morir, que lo hagan aquí.

Con el paso de los días surgió un problema, los pacientes no podían quedarse indefinidamente en el hospital, pero tampoco podían salir a las calles, así que utilizando una pequeña imprenta, se falsificaron los documentos para dar nuevas identidades a las personas y pudieran viajar al exterior.

Inventar una enfermedad falsa fue brillante, diría Ossicini años más tarde, ya que coincidía perfectamente con la idea que promulgaban los nazis de que los judíos eran una raza inferior, y por lo tanto, endeble. El trabajo de estos doctores —y el resto del personal— fue de conocimiento público 60 años después, cuando el doctor Borromeo fue reconocido en 2004 por ayudar a los judíos a escapar de la muerte, por su parte el hospital fue reconocido en 2016 por haber sido un refugio para las víctimas de los nazis.

Según información del Museo del Holocausto de los Estados Unidos (USHMM) durante la segunda guerra mundial fueron asesinados en campos de concentración seis millones de judíos, así como unos cinco millones más de gitanos, comunistas, homosexuales, masones, y discapacitados, entre otros grupos que no respondían a los ideales arios; en medio del genocidio, el Papa número 260, Eugenio María Giuseppe Giovanni Pacelli, Pio XII, declarado abiertamente antisemita antes de que Hitler emprendiera su cruzada criminal, guardó silencio y no defendió a nadie de la masacre, y por el contrario bendijo oficialmente al nacionalsocialismo. A tan solo tres kilómetros de sus aposentos, tres médicos enfrentaron a la máquina de la muerte y cumplieron el juramento hipocrático salvando vidas, lo único que se puede lamentar, es que su enfermedad, el Síndrome K, no se haya convertido en pandemia.

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