Rafael Rodríguez Guerrero: «El erotismo sin amor es autodestructivo»

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Por Katty Salerno

Rafael Rodríguez Guerrero (Barquisimeto, 1960) respondió mi mensaje desde Mustique, una isla privada ubicada a menos de mil kilómetros de las costas venezolanas. Le había escrito proponiéndole varias alternativas para hacerle la entrevista, aclarándole que tomáramos como referencia la hora de Caracas porque ignoraba en qué parte del mundo estaba él en ese momento.

Esta isla de las Antillas Menores es lo más cerca que ha estado de Venezuela desde septiembre de 2012, cuando vino solo por cuarenta y ocho horas para el funeral de su amigo y exsocio, Alejandro Pulgar. Se fue del país en 2003, debido, precisamente, a la inseguridad. «No podía vivir preso cuando los malandros están sueltos», dice.

Mustique, con apenas un centenar de mansiones, es famosa por ser uno de los lugares preferidos de la fallecida princesa Margarita, la hermana de la reina Isabel II, y de otras figuras de la jet set internacional.  Rescatada de la bancarrota en los años setenta por el empresario y filántropo Hans Newmann, fundador del Grupo Corimón, la mayoría de sus actuales propietarios son ingleses, pero hay de otras nacionalidades, incluyendo varios venezolanos. Allí estaba nuestro entrevistado vacacionando con su esposa Andrea, aunque habitualmente viven entre Montreal (Canadá) y Barcelona (España).

En octubre de 2021, Rafael Rodríguez Guerrero lanzó al mercado su novela Las máscaras, obra por la que el Grupo Planeta, el más importante en la edición de libros en lengua española, lo cataloga como «la voz latinoamericana más relevante en cuanto a la narrativa erótica se refiere». Su faceta como escritor se suma a la de fotógrafo, cocinero y empresario, en las que también ha sido exitoso.

Cuéntame un poco de tu vida en Venezuela antes de que decidieras irte del país.

Nací en Barquisimeto, pero me llevaron a Caracas a los tres años, o sea, soy caraqueño. Estudié primaria y secundaria en el colegio La Salle y a los 17 me fui a Estados Unidos, donde hice la licenciatura y una maestría en Administración de Negocios. Al regresar fui auditor por dos años y luego director de la primera Comisión Nacional de Valores de Venezuela. Mi último cargo como empleado fue de presidente de American Express Venezuela. En 1984 fundé, junto a Alejandro Pulgar, Intervalores y Activalores, la casa de bolsa más importante de Venezuela hasta la llegada de Hugo Chávez. En 2002 me instalé definitivamente en Montreal, y fundé una empresa de producción y doblaje de películas que funcionó hasta 2009.

También fundaste La Cuadra Gastronómica…

Sí. En 1997, reconstruí y unifiqué una serie de casas y terrenos en Los Palos Grandes para fundar lo que es La Cuadra Gastronómica hoy en día, la cual manejé hasta 2009. De especial importancia para mí fue la creación de La Brasserie, con Sumito Estévez, la cual cerramos en 2002 por la situación del país. Curioso, el destino nos uniría de nuevo. Sumito es mi suegro. Estoy casado con su hijastra, Andrea, la mujer más maravillosa del mundo.

¿Están casados o son pareja?

Nos casamos en una ceremonia privada el 20 de julio de 2020 en Alicante, España. Ella tiene una galería de moda y arte en Barcelona, donde expone sus creaciones como diseñadora. Por lo tanto, pasamos la mitad del tiempo allá, en un apartamento pequeño pero muy acogedor, bastante cerca del taller/tienda. El resto, en Quebec, en una casa que nos deja vivir la vida con gran intensidad.

¿Por qué te fuiste?

Me fui de Venezuela en 2003, por la inseguridad. No podía vivir preso cuando los malandros están sueltos. En 1999 me casé con una venezolana que tampoco quería vivir allá. No hubo otras razones. En Montreal me siento bien porque los franceses tienen el mismo humor y cariño familiar que los venezolanos.

¿Desde cuándo no vienes a Venezuela?

Fui por cuarenta y ocho horas en septiembre de 2012, para el entierro de mi amigo Alejandro Pulgar, asesinado por ladrones. Mi última visita propiamente dicha fue en 2009. Me hace mucha falta el humor, la comida y la hospitalidad tan natural de los venezolanos. Caracas me hace poca falta, pero no visitar Mérida o Margarita, me afecta. Tengo miedo a enfrentarme a la nueva dualidad, gente con dinero mal habido y gente muriéndose de hambre. Mi cerebro no se ciega por el bienestar de unos para esconder el sufrimiento de otros. Detesto la frase «No, niño, en Caracas se consigue de todo y hay menos hampa». ¡Qué frase tan superficial!

¿Qué fue primero en tu vida: la fotografía, el cine, la gastronomía, la literatura…?

La pasión por todo lo que hago es mi motor. Luego de retirarme de las finanzas estuve diez años metido en el cine. Me separé de mi esposa y decidí mudarme a París y aprender francés. Seis años inolvidables de experiencias fabulosas como fotógrafo que se extendieron por dos años más en Barcelona, haciendo lo mismo. Finalmente, luego de conocer a Andrea, la mujer que he amado más en mi vida, abandoné la vida libidinosa y me dediqué a escribir. De eso hace ya cinco años.

¿Cuándo empezó tu interés por la fotografía?

Desde que estaba en la universidad me encantaba hacer retratos y desnudos artísticos, pero abandoné el campo cuando la fotografía digital reemplazó a la análoga. Solo al llegar a Francia me imbuí en la fotografía digital. Llegué a tener un estudio en París y otro en Barcelona y mucho de los entretelones que ocurrieron son la inspiración de Las máscaras.

¿Es una novela autobiográfica o de ficción?

Es de ficción, aunque tiene elementos autobiográficos. Al principio me motivó el interés de escribir una especie de diario de las cosas que me habían ocurrido, porque yo mismo no las podía creer. Pero pronto me di cuenta de que tenía en mis manos el potencial de una verdadera novela. La escribí inicialmente en inglés, pero no estaba satisfecho así que cambié al español. Ahora me encuentro traduciéndola de nuevo al inglés y, en poco tiempo, al francés y alemán. Existe una buena posibilidad de que salga como serie de televisión.

¿Cómo lograste publicar con Planeta, una de las editoriales más importantes en español?

En cierta forma fue accidental. Mi objetivo era acelerar la publicación a través de su filial Universo de Letras, pero al terminar ellos la edición me honraron otorgándole a la obra el titulo Maestría, que solo asignan a uno de cada 25 libros y muy raro para uno de contenido erótico. En los momentos estoy en conversaciones con otra editorial para la versión en inglés.

También eres autor del libro Sencillamente Aquiles (Monte Ávila Editores, 2006).

Desde joven soy un gran admirador de Aquiles Nazoa. En un momento, junto a Claudio (Nazoa, su hijo), intentamos actualizar Humor y amor para las nuevas generaciones, pero nunca terminamos el proyecto. Quizás aún lo hagamos. Aquiles no solo me inspira por su forma de escribir disfrazada de humor. Realmente era un observador de las cualidades positivas, diferentes o de las malas cosas de las personas, algo que yo también hago, inconscientemente. Es una de las pocas personas que admiro.

Son géneros literarios muy diferentes

Tal como Aquiles, si hurgas un poco en una persona descubres algunas de las máscaras que porta y esto es particularmente verdad en la sexualidad. Mi deseo, con esta novela, es inspirar a mis lectores a ser más ellos, a correr riesgos y a vivir con pasión. El objetivo de la novela no es el erotismo per se, en el fondo eso es secundario. El objetivo final realmente es lo contrario: erotismo sin amor es autodestructivo. Día a día uno ve cómo las personas destrozan sus vidas por ignorancia sexual, dependencia o miedo. Me honra que el Grupo Planeta me considere una voz relevante en la narrativa erótica, pero no me considero como tal. Una cosa sí es cierta: a veces me dan risa los escritores -latinos o no- de este género, ya sea por lo irreal de las palabras o la vulgaridad.

León Febres Cordero, quien leyó una versión inicial del libro, dijo:

«¡Fantástico! Lo mejor de tu prosa —y del relato— es que está exento de “literatura” barata. Escribes como eres y lo que eres te escribe. Sin engaño, sin pretensión y con la verdad por delante, como los buenos toreros. Esa desconcertante frescura —en el sentido obvio y en el otro también— atrapa al lector que ingresa por la puerta grande (son inconcebibles las “puertas de atrás” en tu carácter) en la historia, y la vive (o desearía vivirla) como propia».

En tu opinión, ¿cuál es la frontera entre erotismo y pornografía?

Personalmente no me atrae la pornografía, aun cuando he visto uno que otro video excitante. En la pornografía, la persona que la ve es pasiva y, en mi opinión, con cada video se aleja más de ser feliz. El erotismo como yo lo entiendo es vivencial, es la sal y pimienta del sexo, en un prerrequisito para ser feliz.

En un párrafo de la novela, el personaje, Benjamín, dice:

«La gente pone adjetivos a cualquiera que sea diferente. La sexualidad es parte integrante de todos, unos la reprimen, muchos la sobrellevan con una máscara de virtud y otros le damos rienda suelta. Ser diferente no es malo per se, por el contrario, ¡Vive la difference! Quitarse la careta deja salir al verdadero yo y abre la puerta a la felicidad. Pregúntaselo a cualquiera que haya salido del clóset».

¿Cómo es tu momento de creación literaria?

Siempre escribo temprano, a veces inclusive desde las tres o cuatro de la madrugada y puedo continuar hasta el mediodía. Es raro que escriba en otros momentos.

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Supongo que al ser practicante del hedonismo debes tener una vida social intensa. ¿Y te levantas a esa hora a escribir? ¿Eres de dormir poco?

Cuando estoy creando a menudo me despierto en la madrugada con ideas que tengo que ejecutar ya sea escribiendo o en fotoshop. Si no estoy activo creando, me despierto como a las 7 a. m. Y luego de una cena tardía, a veces a las 10.

El hedonismo en realidad no tiene nada que ver con la farra y socializar. El hedonismo es interno y no requiere de espectacularidades para vivirlo. Es una actitud sobre la vida, huir de las cosas que te hagan daño y abrazar las que te den placer, pero el placer viene en muchas formas, hasta en las cosas más sencillas.

La gran mayoría de las veladas en casa son para ofrecer cenas a amigos y a veces a desconocidos que nos dan nota. Cada día sonrío porque Andrea poco a poco me está desplazando como el mejor cocinero. Debe ser que se le pegó de Sumito por osmosis, ya que no es por sangre.

Hablando de vida social, no te encontré en las redes sociales. ¡Algo muy raro hoy en día!

No son para mí. Son mecanismos para acercar al que está lejos o al desconocido y alejar a los que te rodean. Necesito el calor humano directo.

En tu exposición Deconstructing our World muestras que no te has conformado con hacer simples fotografías, que has ido más allá. 

Mi madre era pintora y siempre he sentido una atracción frustrada por las artes en cualquier forma que vengan, la fotografía es una de ellas. La foto en sí es arte, pero convertirlas en pinturas, giclées, lo eleva al aplicarle una visión artística. Esto lo hago con fotos como esta serie que llamo Bosque encantado, a pesar de que son solo brazos y piernas reflejados en un espejo. Igual hago con edificios o creando desde cero. Hasta me he aventurado en el mundo cinético, algo que pienso intensificar. Quiero ser más artista y menos pragmático.

«Bosque encantado», de Rafael Rodríguez Guerrero.

¿Qué quieres decir exactamente con eso de ser «más artista y menos pragmático»?

Tanto en la fotografía directa como en las obras de arte que desarrollé a partir de ese medio trato de despojarme de lo pragmático y pensar libremente. Sin embargo, sigo cargando con el lastre de lo predecible, lo correcto. Para ser un real artista plástico tienes que volar sin mirar a la tierra y no como yo, que miro donde aterrizar y el paisaje.

Por eso me convertí en novelista. El arte del novelista es tener imaginación realista, escribir es una cuestión más mecánica, siguiendo un plan de acción. Se adapta más a mis limitaciones pragmáticas y lo disfruto a granel. Si tengo una vida larga se verá más de mí en la literatura, espero. Tengo una capacidad extraña para contar historias disfrazándolas de humor y amor, copiándome de mi maestro Aquiles.

Viéndolo desde afuera, uno asume que debe ser maravilloso poder dedicarse al arte sin tener que preocuparse de si hay o no comida en la despensa.

Los verdaderos genios escriben desde las situaciones más inverosímiles: la cárcel, el hospital u escapándose por minutos mientras trabajan en McDonald´s. Sí contribuye, en mi caso, tener con qué vivir para poder volar sin los miedos económicos, físicos o morales.

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