Martha Palma Troconis: «Es un buen momento en mi vida, a pesar de todas las lágrimas»

16 minutos de lectura
Por Katty Salerno

Martha Palma Troconis fusionó de tal manera sus facetas de periodista y madre que ya resulta difícil ver dónde están los límites entre una y otra. Como periodista, la conocimos por los micros sobre temas de salud y calidad de vida, Saber vivir, que condujo por más de cinco años en Globovisión. Como madre, tuvo que afrontar el hecho de que su hijo mayor, Juan, debutara en 2016 con diabetes tipo 1 (DT1) y que cuatro años después también lo hiciera su hijo menor, Héctor.

La diabetes es una enfermedad crónica que se presenta cuando el páncreas no segrega suficiente insulina o cuando el organismo no utiliza eficazmente la que produce. En 2019, fue la novena causa más importante de muerte en el mundo, con 1.5 millones de defunciones registradas como consecuencia directa de esta afección, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En 2016, junto a otras madres, Martha Palma Troconis fundó la ONG Guerreros Azules como una manera de darle un propósito a lo que ella misma y su familia estaban viviendo. Desde entonces, se ha convertido en la vocera de esta organización que busca visibilizar la calidad de vida de las personas con DT1 en Venezuela, en especial la de los niños, y contribuir a mejorarla. Una labor que ya ha trascendido fronteras, pues en 2021 el documental El camino del guerrero, dirigido por su hermano, el realizador Héctor Palma Troconis, fue galardonado, en la categoría mejor edición, con un Emmy, que premia la excelencia en la televisión de Estados Unidos. El documental narra la historia de tres niños con DT1, Nicole, Nellyanis y Dilberson, y sus diferentes realidades familiares, pero todos en circunstancias críticas dada la situación actual de Venezuela. 

Hablamos con Martha justo al día siguiente de haberse celebrado el Día de las Madres en nuestro país y por ahí se inició la conversación.

¿Cómo pasaste el Día de la Madre?

¡Riquísimo! No sé si es la edad, pero ahora valoro mucho el presente, los momentos. Desde que hice el diplomado en Psicología Positiva y me di cuenta del poder del agradecimiento, ahora disfruto y agradezco cada momento. Así fue ayer con mis hijos. Me dieron un regalo bellísimo: unos audífonos que necesitaba, de mi color favorito. Qué lindo que me conozcan tanto, que hasta eligieron un color que es perfecto para mí.

Pasar tiempo con mi mamá y mi papá, comer rico, disfrutar una torta deliciosa como la que comimos… Echarnos cuentos, recordar cosas del pasado, cuando los niños estaban chiquitos, ponernos al día… Realmente fue una tarde mágica que se extendió hasta las 8 de la noche. No hicimos gran cosa, pero qué bien la pasamos. Me he dado cuenta de que, al final, lo verdaderamente importante es que estemos juntos.

Ya uno no sabe si verte más como mamá que como periodista… 

Soy todo eso y más. De hecho, se los comenté a mis hijos hoy. Yo siempre soñé con ser mamá, entonces no me pesa ir a buscarlos al colegio, a veces hasta dos veces al día, porque alguno sale más tarde, escucharles los cuentos, que si perdieron en el partido de fútbol, que si se pelearon con algún amiguito. Desde chiquita soñaba con todo esto que estoy viviendo ahora y lo disfruto muchísimo.

Ser mamá es una bendición. Además, me regaló mi propósito de vida, que tiene que ver con la diabetes. No fue de la mejor manera, pero como no se pueden cambiar las cosas hago lo mejor que puedo con las circunstancias que me tocaron. Soy mamá, soy hija, soy hermana, soy amiga. Estoy rodeada de gente maravillosa de la cual me nutro y aprendo mucho. ¿Y, sabes…? No tengo todo lo que quiero, pero estoy plena con lo que estoy haciendo.     

Además del trabajo con Guerreros azules, también estoy escribiendo un libro. Llevo dos años tomándolo y dejándolo, pero este año decidí terminarlo. Estoy haciendo unas entrevistas para terminarlo.

Al principio la palabra era empoderamiento, después se transformó en resiliencia. Pero la semana pasada, cuando hicimos nuestra visita al hospital infantil —la primera semana de cada Guerreros Azules realiza una visita al J. M. de los Ríos— se transformó nuevamente y la palabra ahora es propósito de la diabetes. Porque la gente en el hospital no entiende mucho la palabra resiliencia, entonces no tiene sentido hablarles de términos que no entienden. Y bueno, estamos trabajando con eso, hablando con las familias para conseguir que cada una encuentre su propósito, que su hijo conozca más de su cuerpo, que su hijo se sienta más fuerte, que no se vea retado con la condición…

¿De qué trata el libro?

Entonces, la verdad es que ahorita estoy como en un momento de alineación absoluta con el propósito y me siento realmente plena. Es un buen momento en mi vida, a pesar de todas las lágrimas.

Sí, la transformó por completo. Pero no fue algo premeditado. Yo siempre he dicho que mi llegada al propósito fue a través de señales que se me dieron a través de personas.

¿Fue una decisión tuya convertir esto en tu propósito de vida? Porque, ciertamente, transformó por completo tu vida.

Es una historia hermosa. Cuando mi primer hijo debutó con diabetes yo empecé a buscar ayuda. Comencé con un curso de meditación y después hice el diplomado de Psicología Positiva. La doctora que atiende a mis hijos, y que ahora también es la jefa del Servicio de Endocrinología del J. M. de los Ríos, me llamó un día y me dijo: «Tú, que eres periodista, ¿crees que podrías conseguir algo para el 14 de noviembre, para conmemorar el Día Mundial de la Diabetes?». Era octubre cuando me lo pidió, pero aun así me puse a trabajar en eso.

La primera idea que se me vino la cabeza fue hacer un congreso. Así llegamos a un señor que se llama Yason Flores, directivo de Novo Nordisk, una de las empresas productoras de insulina más importantes del mundo, quien me hizo aterrizar al advertirme que para hacer un congreso se necesita prepararlo con al menos un año de antelación. «Pero como estás tan entusiasmada con eso —me dijo— te propongo que crees una red para padres de niños con DT1 porque no existe una en Venezuela».

A mí ese hombre me noqueó cuando me dijo eso. Yo no hablé como por dos días. Eso me resonó tanto que les propuse a Melissa Cipriani, Mariola Adrián y a Ileana “Muny” Gill que creáramos Guerreros Azules. Yo las había llamado para que organizáramos la actividad en el hospital, pero cuando este hombre me dijo eso entendí que eso era lo que había que hacer.

Y, cosas de la vida, un mes antes de que comenzara la pandemia recibimos la peor llamada que hemos recibido en la organización. Yason Flores me llamó a mí, no a su mamá, ni a su papá ni a su mejor amigo, me llamó fue a mí para decirme que en ese momento tenía a su hija en terapia intensiva en una clínica porque estaba debutando con DT1. Solté el teléfono y nos fuimos corriendo a la clínica.

Recuerdo que él me dijo: «¡Esta historia de nosotros es tan rara! Que yo te dijera a ti que crearas esa red y que mi hija, que durante estos años tuvo contacto con niñitos con diabetes, a la que tú le habías hablado de esta condición, que había ido a todos los Caminos del Guerrero (la actividad anual que hacemos para celebrar el Día Mundial de la Diabetes) ahora esté debutando con diabetes…».

La vida es maravillosa cuando das y cuando recibes. Nunca entenderemos por qué pasó, pero pasó y ha sido mágico para nosotros dos. Yason es el aliado número uno de Guerreros Azules. Él es mi mentor, es quien me ayuda cuando estoy desesperada y tengo una necesidad de escuchar a alguien que me guie. Él está allí siempre.

¿Cuáles fueron los primeros síntomas que notaste en tu hijo mayor?

Los síntomas de la diabetes son como muy X. Por ejemplo, que el muchacho orina mucho. Y yo me decía «bueno, eso es porque tomó mucha agua». Uno como que le encuentra la explicación a los síntomas que van apareciendo. El punto de quiebre fue que Juan adelgazó mucho. Una amiga mía que también es médico me comentó que lo veía muy flaco y yo le dije que tranquila, que eso era porque estaba haciendo mucho ejercicio. Él tenía 9 años y se estaba preparando para hacer su primera comunión. Mis dos hijos debutaron con diabetes en años bisiestos, estoy preparándome para el próximo bisiesto a ver qué me depara la vida.

Juan debutó el 29 de febrero de 2016. Ese lunes, al regresar del colegio, me dijo que tenía los labios pegados. Aunque me pareció raro, le dije que seguramente se debía a que no había tomado suficiente agua. Yo tomo muchísima agua, cinco litros al día. Sin embargo, llamé a su pediatra y se lo comenté y me dijo que le hiciera una glicemia en ayunas y un perfil 21 al día siguiente. Eso me llamó la atención, porque yo conocía el perfil 20, pero no el 21.

En la noche, como a las 9, llamé a esta amiga médico para echarle un cuento de los niñitos, nada importante. Pero fue una de esas cosas de Dios. Le echo el cuento y de paso le comento que el pediatra me había indicado hacerle a Juanjo una glicemia en ayunas porque tenía los labios pegados. Ella hizo un silencio absoluto. Luego, dijo: «Ay, Martica, eso puede ser grave. Yo creo que tu hijo puede tener diabetes».

Cuando me dijo eso decidimos hacerle una prueba con un glucómetro y la prueba dio «high». Llamamos al pediatra de nuevo para darle el resultado y nos dijo que lo lleváramos a la clínica inmediatamente. Cuando llegamos, las enfermeras se dieron cuenta de que el niño tenía aliento frutal, que es otro de los síntomas; despiden un olor parecido al del chicle bomba, de lo cual yo no me había percatado.  Nos dijeron que había que pasarlo a terapia intensiva y yo no entendía nada, porque lo veía perfecto. Cuando el doctor que lo atendió me dijo que Juan tenía diabetes, no podía creerlo. Yo decía para mis adentros «este tipo no sabe nada, se saltó la clase de diabetes en la universidad».

¡Mi hijo pasó cuatro días en terapia intensiva! Eso fue un lunes y lo pasaron a su habitación el jueves. En esos cuatro días yo no me bañé, no hice «número dos», no comí, no me peiné. No me moví de ese asiento. Dormí con mi hermano en esas sillas durísimas que tienen en las clínicas. Jose estaba atendiendo a Héctor, nuestro otro hijo. Él se quedó con el chiquitín esos días. ¡Fue terrible! ¡Terrible, terrible! Yo lloraba, Jose lloraba. No nos creíamos lo que estaba pasando, fue una pesadilla.

Llamé a una amiga, de esas que uno admira mucho porque le pasó algo que no debería pasar nunca, que es que un hijo tuyo se te muera. La llamé buscando ayuda porque es muy religiosa, pero me dijo que no tenía palabras que decirme. «Solo te puedo decir que Dios te va a hablar a través de las personas, a través de las señales; entonces, estate atenta a esas señales». En ese momento no me pareció un gran consuelo, la verdad. Pero me lo decía ella y por eso me lo guardé, para tratar de entenderlo después porque en ese momento no podía.

Después de que Juanjo salió de terapia intensiva, en el único momento que bajé al cafetín, y eso porque mi mamá me obligó a comer algo, llegó Mariana Reyes, una colega y amiga muy importante para mí. Tres o cuatro meses antes, a su novio, un delincuente le robó el celular y aunque él lo entregó, no opuso resistencia, el tipo le disparó y lo dejó parapléjico. Él es un ser hermoso, maravilloso, muy evolucionado. Recuerdo que cuando los médicos le dieron el diagnóstico, lo único que preguntó fue si podía tener hijos. ¡Los médicos le estaban diciendo que no iba a caminar el resto de su vida y él lo único que quiso saber fue si podía tener hijos! De hecho, ya tienen un chiquito de cinco años bello y hermoso.   

Bueno, como te estaba contando, cuando Mariana llegó me dijo que no estaba allí para pasarme la mano por la cabeza ni para decirme que qué tragedia. «Vengo con toda la autoridad del mundo a decirte que veas cuál es el aprendizaje de esto que te está pasando», me dijo. Cuando una mujer como ella, que pasó por lo que pasó, te dice eso, no puedes sino escucharla.

Esa fue mi primera señal. Que buscara el aprendizaje, que no lo viera como una tragedia. Claro, al aprendizaje no llega a las horas, ni a las semanas. Tarda mucho tiempo en llegar. Pero así fue. La doctora de mis hijos también me dijo que con esto iba a hacer algo grande y yo me preguntaba qué cosa grande podía a hacer.

Y así ha ido ocurriendo. Si uno está atento, puede ver las señales cuando llegan. No fue una decisión de vida. Fue algo que pasó porque tenía que pasar, pero jamás lo hubiese pensado en primera instancia. 

¿A ti siempre te interesó el tema de la salud? Porque la gran referencia que tenemos de tu trabajo periodístico es el programa Saber vivir que tenías en Globovisión. 

Esa fue otra de las señales, que entendí después. Isnardo Bravo, que es muy religioso, me dijo un día: «Martha, ¿te has puesto a pensar que Dios te ama tanto que te regaló la oportunidad de hacer ese trabajo para que pudieras conocer a todas las personas que te han ayudado no solamente con tu hijo, sino con la organización?». Muchas de esas personas que yo conocí cuando hacía ese programa han estado involucradas en todo esto. Como dijo Isnardo: como Dios no me podía evitar el coñazo, me dio las herramientas y toda la gente bonita para que me apoyara en ese momento.

¿Crees entonces que las cosas que nos pasan en la vida no son casuales?

No. Lo que creo es que pase lo que pase en tu vida, tú tienes el poder de transformarlo y de hacer que te transforme en una mejor persona. Sea lo que sea. La resiliencia es esperanza para las personas que le han pasado cosas terribles. Yo hablo de diabetes, pero hay gente que ha sido violada, gente a la que sus padres se le han suicidado en frente de ella, por mencionar algunas otras cosas terribles que le pueden pasar a un ser humano.

La resiliencia es una prueba de que pase lo que pase en tu vida, tienes la capacidad de transformarlo y de transformarte en una mejor persona si así lo decides. Pero tiene que ser a partir de una decisión tuya. Y esa decisión yo la tomé cuando hablé con Mariana porque ella me abrió los ojos. No sabía qué era, pero a partir de allí comenzó esa búsqueda.

Tu hermano me contó que cuando propusiste la idea de hacer el documental El camino del guerrero tuviste como una especie de premonición al decir que ganarían un Emmy.

Debí haber dicho tres, no uno. Ahora me arrepiento (risas).

¿Cómo surgió la idea de hacer ese documental?

Como te he dicho a lo largo de esta entrevista, yo lo que he hecho en mi vida es seguir señales. A veces siento que yo no tomo las decisiones, sino que la vida me va guiando. La decisión de hacer ese documental no la tomé yo, ahí también lo que hice fue seguir las señales.

Acabábamos de llegar de Boston. Habíamos ido a hacerle un chequeo a Juan porque queríamos que estuviese registrado en el mejor hospital del mundo para diabéticos para que, en el caso de que se descubriera algún tratamiento, él pudiera ser uno de los pacientes que lo recibiera. En Boston está una venezolana que es educadora en diabetes y nutricionista y me contó que hay cosas que no se han hecho en diabetes. Que sería importante, por ejemplo, hacer unos micros y un documental sobre la diabetes en niños, algo que no se había hecho nunca. Y yo dije que por supuesto, que había que hacerlos. Hicimos los micros y lo del documental me lo imaginé como algo muy corto, 10 o 15 minutos, para difundirlo en las redes.

De regreso a Venezuela me llama Wil Riera —reconocido fotoperiodista venezolano, fallecido en 2019, que trabajó para BBC Mundo, Bloomberg News, The Wall Street Journal y la revista Time, entre otros medios—. Le comento sobre esta idea y él le da otra dimensión al proyecto. Su idea inicial era entrevistarme a mí y que yo contara cómo vivo mi vida con mis hijos con diabetes, pero lo convencí de que mejor lo hiciéramos sobre la comunidad de diabetes en general.

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Mi hermano estaba superocupado en ese momento con otros proyectos, por lo que en principio hicimos la filmación —¡en 15 días!— y decidimos que luego veríamos cómo hacíamos para la edición, porque no teníamos los recursos. Wil trabajó con nosotros en la etapa de preproducción. De repente, me dijo que no lograba fotografiar la diabetes y decidió separarse del proyecto. Vino a Venezuela a hacerlo y no lo terminó. Y luego murió, lamentablemente. Un tipo joven, de 42 años, murió a consecuencia de un aneurisma.

Después de tres años con el documental parado, empecé a fastidiar de nuevo a mi hermano para que lo termináramos. Lo terminamos durante la pandemia, porque a él le bajó mucho el volumen de trabajo y dispuso de tiempo libre. ¿Te das cuenta? No fue una decisión mía. No son decisiones tomadas por mí, yo solo seguí las señales. Claro, al final sí soy yo la que termina poniéndolas en marcha, pero son decisiones tomadas por la vida o por algo más grande, no lo sé.

Cualquiera sea el caso, ¿estás contenta con todo lo que te ha tocado?

Estoy contenta porque las señales que he leído son las que me hacen absolutamente feliz y estar alineada con mi propósito. Estoy profundamente orgullosa de mis hijos. Juanjo tiene ya 15 años y está en tercero de bachillerato; Héctor tiene 12 y está en sexto grado y cuentan con el apoyo incondicional de sus padres y de su familia».

Pero no todas las personas que viven con diabetes en Venezuela son tan afortunadas como Juan y Héctor. Los que no cuentan con los recursos necesarios para cuidar de su enfermedad la están pasando muy mal en este momento, por ejemplo, debido a la falta de tiras reactivas en los centros de salud públicos, tal como lo constató y denunció la ONG Guerreros Azules a principios de este mes, luego de su visita mensual al J. M. de los Ríos.

«Hay muchos niños que no están siendo controlados porque no hay cintas reactivas. Las personas que viven con diabetes tipo 1 deben medirse la glicemia por lo menos tres veces al día. Sin esa medición no saben cuánta insulina deben inyectarse. Muchos niños han sido llevados de emergencia al hospital al entrar en cetoacidosis», nos contó Martha.

«La verdad es que esas cintas siempre han generado problemas porque han venido vencidas en la mayoría de los casos. Uno de los trabajadores del hospital me dijo que muchas veces los niños parecen estar controlados porque la medición arroja 80, por ejemplo, y creen que no les hace falta inyectarse. Pero cuando lo hacen con tiras en buen estado, la medición real es de 300. Eso muy grave. Todo esto tiene que ver con un convenio que se firmó con Cuba y no sabemos qué pasó. No sabemos si fue que se terminó el acuerdo, si se acabaron los glucómetros o qué. Ese convenio beneficiaba a más de 30 000 pacientes con diabetes, tanto tipo 1 como tipo 2, y desapareció.

«Eso sí, te metes en MercadoLibre y ves que esas tiras la están vendiendo en 30 dólares. O las venden personas escondidas dentro del mismo hospital.  Las tiras están en manos de personas que tienen que ver con el Gobierno, pero no llegan a los lugares donde deben estar. No hay en los hospitales, no hay en los dispensarios, no hay en los CDI. La denuncia está hecha y la vamos a llevar ante la ONU. Uno hace lo que tiene que hacer, independientemente de los resultados.

«Ahorita estamos trabajando en un proyecto con la profesora Pura Zavarce, directora de la Escuela de Psicología de la Unimet. Estamos brindando apoyo a las familias para fortalecer la autoestima de los niños, para que los padres estén claros en la importancia que ellos tienen para que sus hijos sean unas personas exitosas en el futuro. Esperamos que con este tipo de información, a mediano y largo plazo estos niños tengan una mejor actitud ante la condición. Este proyecto me ilusiona mucho, porque es como la respuesta emocional para esas familias que no consiguen un propósito en la diabetes y siento que ahí está el futuro. La meta es que estas familias no vean esto como una tragedia sino que puedan aprender algo, que la diabetes sea apenas un detalle en la vida de esos niños».  

Con tantas cosas, ¿te queda tiempo para ti? ¿Qué haces en tu tiempo libre?

¡Aaamo bailar! (Risas). El ser mamá nos desconecta mucho de nuestro lado femenino, porque nos dedicamos a ser mamá al ciento por ciento. El baile, específicamente el reguetón, con estas clases de sexy flow que estoy tomando, me conecta mucho con mi lado femenino, con la sensualidad, con la mujer que también soy. Esto para mí ha sido realmente una terapia. Y así como yo fluyo con el baile, mi mejor amiga fluye con la montaña, con el trekking, y entonces también hago algo de eso, pero no tanto como el baile. El guía me dice que el perreo no es suficiente para subir el pico Naiguatá (risas).  Digamos que no subo cerros tan altos como el Naiguatá o el Bolívar, pero me gusta ese contacto con la naturaleza.

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