Horacio Vanegas – por Rodolfo Izaguirre

HORACIO VANEGAS

Murió mi amigo Horacio Vanegas, pero hacía algún tiempo que había muerto estando aun vivo porque zozobró su mente y en cierto modo su alma se apartó del mundo y ya no pudo volver a ser el brillante científico que fue y el adorable ser humano que seguirá siendo.   

Junto a Alicia Ponte Sucre formó una pareja de renombrada celebridad científica; ambos médicos dedicados a hondas investigaciones, reconocidos mundialmente. Horacio era experto en neurofisiología y en el dolor, Alicia en fisiología molecular. Una vez al año frecuentaban las universidades alemanas de Wurzburg y Jena no para aprender, sino para enseñar y realizar proyectos de investigación. 

Pero nadie podía suponer que fuesen tan encumbrados porque Horacio se abrazaba a la guitarra y con voz dulce y pequeña cantaba boleros de Agustín Lara y con Alicia sostuvo un hermoso recital uniendo sus voces al sonido de la guitarra en canciones de suaves cadencias. A su vez, Alicia escribe densos ensayos éticos y filosóficos que revelan una mente bien asentada y organizada y al mismo tiempo escribe bellísimas narraciones infantiles que se convierten en textos de antología como «Las maravillas del zamurito» o «Glock en el Jardín Corral del Tamarindo» con cuidadas ilustraciones de Antonio Quintero.

No obstante, Horacio y Alicia son Académicos. Uno, de la de Medicina; Alicia, de la de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales. Son venezolanos irrepetibles, alejados de gestos y modales de arrogante altivez y presunciones. Jamás observé en ellos desdén y altanería, sino todo lo contrario: sencillez y modestia.

Resultaron ser mis vecinos y los veía muy temprano en las mañanas salir a trotar en las cercanías de mi casa. 

Conocí y tuve el privilegio, en tiempos universitarios, de tener a Samuel Milo Gabe como profesor de latín y escucharlo decir reiteradas veces que Horacio, el gran poeta lírico y satírico de la Roma imperial, «no ha sido superado», tampoco mi amigo Horacio en comportamiento humano y saber.

Terminaba esa mañana mi caminata en compañía de Listh, la bondadosa vigilante de los vacilantes pasos de mi avanzada edad, cuando vi a Horacio en la suya igualmente acompañado y exclamé: ¡Horacio!  Entonces, giró la cabeza, me miró y dijo: ¡Rodolfo! y terminó de cruzar la calle; dio unos cortos pasos hacia mí y el brillo que vi en sus ojos al mencionar mi nombre se apagó de pronto y solo quedó en su rostro la bella sonrisa que siempre tuvo conmigo.

¡Fue sólo un instante! La lucidez que rodeó mi nombre al mencionarme solo alcanzó a recorrer el tiempo de un parpadeo y mi amigo Horacio se hundió nuevamente en esa oscura y desconocida región donde no reina la memoria de nuestros días.

Me estremecí de alegría al escuchar mi nombre, la emoción de que él me reconociera, pero quedé inerme y deshecho al constatar que el roce lúcido de Horacio al verme fue como el vuelo veloz de un pájaro en el cielo y se abrió para él, de nuevo y para siempre, el abismo de su propia eternidad.

Era para desmoronarme en lágrimas, pero reconforta haber tenido para mí la viva y amorosa sonrisa de Horacio y el brevísimo instante de luz en sus ojos.

Rodolfo Izaguirre

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