Venezuela es el tonto útil que Washington necesitaba

Por Marc Tecnólogo.

Escribí este texto como una teoría. La noche del 28 de agosto de 2026 dejó de serlo: Donald Trump anunció el acuerdo que la confirma, con nombres, cifras y firma. Venezuela es el tonto útil de Washington.

Empecemos por lo que hay que agradecer, para que nadie confunda esto con negacionismo. Que Estados Unidos se llevara al monigote de Miraflores y encerrara a la jauría de Diosdado Cabello fue el alivio que nadie nos dio en veintisiete años. Eso no se discute, y quien intente discutirlo no estaba aquí cuando había que hacerlo. Pero agradecer no obliga a callar el precio, y el precio tiene nombre: Venezuela quedó convertida en el tonto útil de Washington.

Y es que a un pueblo no se le libera para después decidir por él, y eso es exactamente lo que acaba de ocurrir: a Venezuela no la liberaron, la compraron.

Durante meses esto fue una sospecha, un secreto a voces. Sin embargo, ya no lo es. El viernes 28 de agosto de 2026, Donald Trump lo publicó él mismo, en mayúsculas y con orgullo.

Veintisiete años de un solo negocio: repartirse el país

El chavismo no fue una revolución. En realidad, fue una franquicia familiar que capturó el Estado más rico en petróleo del continente y lo convirtió en su botín. Eso lo sabe cualquier venezolano que alguna vez hizo cola por gasolina en el país con las mayores reservas de crudo del planeta.

Pero el chavismo nunca gobernó solo. Tuvo un socio silencioso: esa misma «oposición» que hoy se presenta como víctima a negociar «en nombre de todos los venezolanos». Desde el Pacto de Punto Fijo hasta el G4, la clase política tradicional venezolana lleva décadas practicando un solo deporte, que es pactar cuotas de poder en lugar de disputar el poder completo.

Por lo demás, el historial no admite lecturas amables. El Carmonazo desperdició el momento de mayor presión social contra Chávez. También en 2013, cuando Henrique Capriles Radonski mandó a la gente a bailar salsa y tocar cacerola, en vez de marchar hacia el CNE. La mayoría calificada de 2015 se diluyó sin usarse a fondo. El fraude de 2024 se absorbió sin que nadie rompiera nada. Son hijos del mismo sistema, aunque unos usen boina roja y otros corbata.

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Esa oposición falsaria no cayó del cielo. Es la contraparte indispensable del chavismo: sin ella, el reparto de veintisiete años jamás habría funcionado. Entre los dos, sin proponérselo, fabricaron el tonto útil que hoy negocia Washington.

Lo que ya no es teoría: quién controla el petróleo venezolano hoy

Aquí esto deja de ser especulación mía y pasa a ser cita textual.

El 7 de enero de 2026, cuatro días después de la captura de Maduro, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, habló en una conferencia energética de Goldman Sachs en Miami. Allí anunció, sin que nadie se lo repreguntara, que Washington venderá el petróleo venezolano «indefinidamente» y que el dinero de esas ventas se depositará primero en cuentas controladas por el gobierno estadounidense. No en cuentas venezolanas. En cuentas de Washington.

Wright fue más lejos todavía. Explicó que ese control era necesario para forzar «los cambios que simplemente tienen que ocurrir en Venezuela», como si a una nación soberana hubiera que administrarle su propio subsuelo igual que a un menor de edad. Y añadió, sin rastro de incomodidad, que parte de esos fondos servirá para compensar a ExxonMobil y a ConocoPhillips por las pérdidas que sufrieron cuando Chávez nacionalizó sus activos hace dos décadas.

Conviene leer esa última frase dos veces. El petróleo venezolano, hoy, no se vende para reconstruir Venezuela. Se vende para pagarle primero a las petroleras estadounidenses. Así se le habla a un tonto útil, no a un socio.

Dos días más tarde, ejecutivos de ExxonMobil, ConocoPhillips y Chevron se sentaron con Donald Trump a discutir sus futuras inversiones en el país. Sin embargo, a esa mesa no se invitó a ningún venezolano que velara por los intereses y bienestar del país.

Los títeres que también son titiriteros

Mientras eso se decide en Miami y en la Casa Blanca, cabe preguntarse quién nos representa en Caracas. La respuesta son Jorge y Delcy Rodríguez: la dupla que representa perfectamente al chavismo, cumpliendo ahora el doble papel de títeres de Washington y titiriteros de lo que queda del país.

Por cierto, la coherencia nunca fue el fuerte de esa familia. Ayer acusaban públicamente a un empresario de financiar a la oposición con dinero robado a la nación; hoy ese mismo empresario es su socio en el negocio petrolero. La ideología nunca fue el asunto. El asunto siempre fue el negocio.

Del otro lado del tablero, el reparto de papeles resulta igual de conveniente. Un candidato con el 0,25 % de los votos presenta un «pacto nacional» en el salón de un hotel. Un tiktokero, que habla de política, regresa del exilio justo a tiempo para narrar la negociación desde adentro y hacer campaña para el partido de Leopoldo López. Otros buscan limpiar su imagen luego de años de colaboracionismo con el régimen, como Carlos Ocariz haciéndose el loco con el caso del capitán Juan Carlos Caguaripano. Ninguno de ellos exige nada y, sobre todo, ninguno amenaza el reparto.

Por eso un país gobernado así no negocia: obedece. Y un país que obedece es, por definición, un tonto útil.

Después de veintisiete años observando el mismo patrón, eso ya no parece casualidad. O es diseño, o es una costumbre nacional tan arraigada que ya no necesita que nadie la diseñe.

¿Y dónde está María Corina Machado?

Ahora bien, esta es la pregunta que nadie en esa mesa quiere escuchar en voz alta.

María Corina ganó el Premio Nobel de la Paz en 2025. Sin embargo, salió de Venezuela clandestinamente en diciembre de ese año, tras meses escondida, con amenazas de muerte y procesos judiciales encima. Ni siquiera pudo llegar a tiempo a recibir su propio premio en Oslo: su hija lo recibió por ella.

Cuando Estados Unidos se llevó a Maduro el 3 de enero, ella fue la primera en agradecerlo. Dijo públicamente que quería compartir su Nobel con Trump y calificó la operación como un paso enorme para la libertad y la dignidad humana. Hizo, en resumen, todo lo que se supone que hay que hacer: agradeció, moderó el tono y en julio declaró que ni ella ni Edmundo González serían obstáculo para ninguna iniciativa que produjera avances reales.

¿Y qué recibió a cambio de tanta prudencia? En julio tuvo que denunciar que el gobierno de Delcy Rodríguez cerró el espacio aéreo para impedirle volver a su propio país. El Departamento de Estado salió entonces a aclarar que Washington «no va a obstaculizar» su regreso, una frase que solo se pronuncia cuando alguien sospecha exactamente lo contrario.

Hoy, mientras tanto, la mujer que ganó el Nobel de la Paz por enfrentarse a esa dictadura le habla a su país por Zoom, desde afuera, mientras un tiktokero entra caminando a la sala donde se negocia el futuro de Venezuela. Un tonto útil no puede permitirse una líder con Nobel, con votos y con mandato propio. Ese contraste no necesita que yo le agregue nada.

El silencio no es de ella: se lo están construyendo

Conviene precisar algo, porque la pregunta suele formularse mal. Machado no ha dejado de hablar. Lo que ocurre es que se le está bajando el volumen.

Una cosa es prohibir a una dirigente y otra, mucho más eficaz, es volverla irrelevante por acumulación de ausencias. Cada semana que pasa sin que pueda pisar el país, cada mesa donde no la sientan y cada micrófono que se le entrega a un liderazgo de reemplazo van restando un poco de esa fuerza acumulada. Además, nada de eso requiere una orden de captura: basta con dejar que el liderazgo se enfríe solo.

Y lo que se está enfriando no es una figura mediática, es un patrimonio nacional. María Corina logró lo que ningún partido tradicional consiguió en veintisiete años: organizó a un país entero para defender su voto y lo defendió con pruebas en la mano, mesa por mesa, acta por acta. Esa red ciudadana fue el activo político más valioso que ha tenido Venezuela en este siglo.

Por lo tanto, ese activo se está devaluando a plazos, y el silencio a su alrededor es el instrumento.

El error que le costó la mesa

Si hay que nombrar su error, entonces aquí está: creyó que todos eran necesarios.

María Corina apostó a la unidad con la misma clase política que lleva décadas negociando cuotas en lugar de disputar el poder. Es decir, les abrió espacio, los incorporó y los legitimó con el respaldo popular que ella sí tenía y ellos hacía rato habían perdido.

Y esa clase política hizo exactamente lo que hace siempre: se sentó a la mesa y cerró la puerta detrás de sí. De los ocho partidos de la Plataforma Unitaria, solo dos llegaron a la comisión negociadora. Ella, en cambio, no llegó a ninguna.

No es la primera vez que ocurre en nuestra historia, y ese es justamente el problema. Cada vez que un liderazgo genuino se junta con la vieja política venezolana, el liderazgo se diluye y la vieja política sobrevive. Sin una sola excepción en veintisiete años.

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El hambre de energía que creó al tonto útil

Antes de llegar al comunicado, conviene entender por qué existía en primer lugar.

Estados Unidos atraviesa el mayor salto de demanda energética de las últimas décadas. Su industria tecnológica libra contra China una carrera por la inteligencia artificial que consume electricidad a una escala sin precedentes, y esa carrera no se gana sin combustible abundante, barato y seguro. A eso se suma que su reserva estratégica de petróleo tocó este mes su nivel más bajo en cuatro décadas, tras la interrupción de suministro que provocó la guerra con Irán.

Por eso Washington necesitaba petróleo. Mucho, y lo necesitaba ya.

Venezuela, por su parte, tiene las mayores reservas de crudo probadas del planeta: 303 mil millones de barriles, por encima de Arabia Saudita. Eso no es una opinión, es geología.

Junte las dos cosas y tendrá el móvil completo. Un país con la reserva más grande del mundo, gobernado por gente sin mandato propio, sin respaldo popular y endeudada con quien la puso donde está, resulta un proveedor infinitamente más cómodo que una nación soberana capaz de fijar sus condiciones y su precio. Eso es, exactamente, la definición de un tonto útil.

El comunicado que lo confirmó todo

El viernes 28 de agosto de 2026, Trump publicó en Truth Social lo que llamó «el mayor acuerdo petrolero de la historia del mundo».

Sus palabras, en resumen: bajo su dirección, el secretario de Estado Marco Rubio y el secretario de Guerra Pete Hegseth, trabajando «en estrecha colaboración con la respetada presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez», aseguraron el «control mayoritario de Estados Unidos» sobre más de 65 mil millones de barriles de reservas probadas venezolanas. Y lo remató con la frase que define quién ganó aquí: «sin costo alguno para el contribuyente estadounidense».

Conviene leerlo de nuevo, porque ahí está todo. Sin costo para el contribuyente estadounidense. Es decir, el costo lo pagó otro.

Cien años

De hecho, los detalles que no salieron en el comunicado son peores que el comunicado.

Un funcionario estadounidense explicó a The Hill que Delcy Rodríguez otorgó concesiones a cien años sobre campos que contienen 63 mil millones de barriles. Cien años. Por lo tanto, ningún venezolano vivo hoy verá el día en que esos campos vuelvan a manos venezolanas, y tampoco lo verán sus hijos.

Además, el beneficiario es una empresa conjunta entre el gobierno estadounidense y un operador privado en Venezuela. Ese operador privado no fue identificado públicamente. Nadie sabe todavía, o nadie quiere decir, quién es el venezolano que quedó del otro lado de la firma más grande de nuestra historia.

Por su parte, los 65 mil millones de barriles equivalen a cerca del 21 % de las reservas probadas del país. Según reportó The Washington Post, se trata de hasta diecisiete campos petroleros.

Por último, el trato lo negoció, entre otros, el secretario de Guerra. No el de Comercio ni el de Energía. El de Guerra. Los acuerdos con aliados los firma Comercio; los acuerdos con un tonto útil los firma Guerra. A veces el organigrama dice más que el comunicado.

Un tonto útil es más fácil de manejar que un pueblo libre

El propio Wright lo dijo con una frase que suena a promesa: Venezuela «debería ser una potencia energética rica, próspera y en paz».

Es una frase bonita. Sin embargo, el problema está en el mecanismo que la acompaña: control indefinido sobre las ventas, cuentas en el exterior y decisiones que se toman en Miami en lugar de Caracas.

Ahora bien, no se puede construir una potencia soberana mientras se le controla el petróleo desde afuera. Esas dos ideas se contradicen entre sí. Y esa contradicción no es un error de comunicación: es la política misma, dicha en voz alta por quien la está ejecutando.

Ya no hace falta creerme

Escribí casi todo lo anterior como una hipótesis. Reconocía, en este mismo espacio, que no tenía un documento para probarla y que solo contaba con un patrón repitiéndose con demasiada precisión.

Sin embargo, ese párrafo sobra desde el viernes.

Ya no hay que deducir nada. Ahora el presidente de Estados Unidos publicó el acuerdo con su firma. La presidenta interina de Venezuela lo negoció. Un secretario de Guerra participó en él. Las concesiones duran cien años. El operador venezolano permanece sin nombre. Y todo se anunció como un logro para el contribuyente estadounidense, sin una sola línea sobre qué recibe a cambio el pueblo que se quedó sin luz durante veinte años sentado encima de ese petróleo.

Lo único que sigue siendo mi lectura es el vínculo entre una cosa y la otra: que la debilidad del liderazgo venezolano no fue un accidente que Washington aprovechó, sino la condición que convertía al país en un tonto útil manejable. No tengo un documento para eso.

Pero ahora tengo, en cambio, un contrato de cien años que encaja perfecto con la teoría.

Ojalá me equivoque, aunque ya no lo parezca

Por último, termino con lo único que de verdad deseo: estar equivocado. Y sé que cada hora que pasa lo hace más difícil.

Ojalá dentro de un año este artículo se lea como la exageración de un venezolano que ya no confía en nadie, y no como el acta de nacimiento de un tonto útil. Ojalá María Corina Machado aterrice en Maiquetía sin que nadie le cierre el espacio aéreo. Que haya elecciones libres, que todos presos políticos estén en libres y un Tribunal Supremo que no le deba nada a quien gobierne. Y que alguien, algún día, revise esas concesiones a cien años y las declare lo que son: un compromiso que ningún gobierno interino tenía derecho a firmar en nombre de cuatro generaciones que todavía no han nacido.

Ojalá, en fin, todo esto sea solamente una sensación.

Pero ya no es una sensación. De hecho, se parece a 2002, cuando creímos que ya estaba. Como en 2013 cuando Capriles mandó a bailar salsa y tocar cacerola. Como en 2015, cuando ganamos la Asamblea. Como en 2024, cuando ganamos de verdad y no sirvió de nada. Todas las veces tuvimos el país en la mano y en siempre alguien lo negoció por nosotros, en un cuarto donde no estábamos. La diferencia es que esta vez el cuarto quedó documentado en Truth Social.

Por todo eso, Venezuela no merece ser administrada. Merece ser libre, con todo lo que eso implica, incluido el derecho a equivocarse decidiendo por sí misma, ahorrándonos el líder socialista de por medio, espero. Lo demás, venga de Miraflores o venga de Washington, es la misma vieja historia contada con otro acento.

Y si esta vez tampoco lo impedimos, entonces ya no vamos a poder decir que no lo vimos venir.

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