Que no quede ni uno: la clase política venezolana no se reforma, se desecha

Por Marc Tecnólogo.

No hay reforma posible de la casta política venezolana.

No se rehabilita a quien lleva treinta o cuarenta años viviendo de un país al que le han robado todo. Tampoco se recicla a un hombre que se sentó a negociar con sus verdugos mientras a sus compañeros los metían presos. Y mucho menos se le da una segunda oportunidad a quien ya tuvo tres. Porque cada una la usó exactamente para lo mismo.

Chavistas. Chavistas azules. Los eternos que a los setenta siguen buscando un micrófono. Después vienen los herederos, que aprendieron el oficio viendo negociar a su padre. También están los que hoy se demandan entre ellos por un activo que era de todos. Y cierran la lista quienes salieron habilitados de una negociación privada con el régimen, mientras sus propios compañeros de partido seguían inhabilitados.

Todos. Por eso, que no quede ni uno.

Si te parece excesivo, quédate. Porque no es una opinión, sino una conclusión, y abajo está la prueba.

La nostalgia por el general: qué fue realmente la dictadura

Hay venezolanos que ante este desastre suspiran por el general. Curémoslo con hechos, no con sermones.

Marcos Pérez Jiménez llegó al poder por un fraude: la constituyente del 30 de noviembre de 1952. URD de Jóvito Villalba ganó y el régimen sencillamente alteró los resultados. El 21 de octubre, la Seguridad Nacional ya había acribillado a Leonardo Ruiz Pineda en una calle de San Agustín del Sur. Era el secretario general de Acción Democrática en la clandestinidad.

Su viuda fue a reclamar el cadáver. Pedro Estrada le informó que ya lo habían enterrado a las cuatro de la madrugada. Tampoco podían decirle dónde. Después la metieron presa en la Cárcel Modelo y la deportaron a España con sus hijos. Su sucesor al frente de AD, Alberto Carnevali, murió preso.

Y estaba Guasina: un campo de concentración en una isla del Orinoco, inundada la mayor parte del tiempo. Allí Estrada mandó a cientos de presos políticos. Once asesinatos de esa dictadura llegaron a juicio. La tortura fue rutina. La prensa, papel de oficina.

Eso fue el perezjimenismo: autopistas construidas encima de una fosa común. Por lo tanto, quien suspira por «el general que sí hacía obras» suspira por otra cosa. Suspira por el hombre que enterraba opositores de madrugada sin decirle a la viuda dónde.

Pero ese no es el punto de este artículo. El punto es peor: lo que vino después no fue lo contrario de eso. Fue lo mismo, con corbata, con elecciones y con mejores modales.

El pacto donde la casta política venezolana aprendió a robar legalmente

Cae Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958. Cuarenta días después, AD y COPEI firman el Pacto de Punto Fijo. Se reparten el país como quien se reparte una herencia ajena.

Ahí nació la casta política venezolana. Cuarenta años de cuoteo. Cuarenta años convirtiendo la renta petrolera más grande de América Latina en caja chica de dos partidos. Decían representar visiones opuestas, aunque gobernaban como socios del mismo bufete. Recadi. Los dólares preferenciales. Las comisiones. Y en 1989, la factura: el Caracazo.

El bipartidismo no fracasó por torpeza. La corrupción no era una desviación del sistema.

Era el sistema. Que no quede ni uno.

La bomba que ellos armaron y después fingieron no reconocer

A Chávez no lo mandó Fidel en un sobre. Chávez fue el hijo que Punto Fijo engendró y luego negó en público.

Un teniente coronel sacó tanques a la calle en 1992 y dejó muertos. Después se rindió con un «por ahora». Seis años más tarde ganó unas elecciones limpias con el 56 % de los votos. Nadie le robó nada a nadie. En cambio, lo eligió un pueblo que ya no soportaba a los otros.

Ese es el crimen específico del bipartidismo y no prescribe. No fue solo saquear. Fue dejar al país tan asqueado de la democracia que un golpista le pareció una mejora.

Sin embargo, lo que Chávez hizo con esa llave no admite piedad: instituciones desmontadas y Estado militarizado. Hoy una fiscalía federal de Manhattan lo describe como organización narcoterrorista.

Entre 2013 y 2020 el PIB se desplomó casi un 80 %. En 2021 Venezuela pasó a ser el país más pobre de América, por debajo de Haití. Su ingreso per cápita cayó a 1.541 dólares, contra 1.938 de los haitianos. A agosto de 2026 hay 6.978.009 venezolanos refugiados y migrantes solo en América Latina y el Caribe. Además, son casi 7,9 millones en todo el mundo.

Por lo tanto, eso no es una crisis. Es un país al que le sacaron la gente.

La otra cara de la moneda: la casta política venezolana, uno por uno

Durante 25 años, la casta política venezolana nos vendió que ellos eran el cambio.

Primero lo justo, porque sin esto soy panfletario y no analista: no todos pagaron el mismo precio. Leopoldo López estuvo preso y luego refugiado. Antonio Ledezma fue encarcelado y huyó a Colombia. María Corina Machado vivió en la clandestinidad bajo amenaza de muerte. Por eso recibió el Nobel de la Paz 2025. Eso es represión real, así que quien lo niegue miente.

Ahora el expediente de la casta política venezolana. Sin anestesia.

Ramos Allup: medio siglo cobrando por lo mismo

Medio siglo en el mismo partido. Medio siglo. Se sentó en los diálogos de República Dominicana a comprarle a Maduro oxígeno internacional a cambio de nada. Además, lleva más tiempo en la cúpula de Acción Democrática del que dura una generación venezolana completa. Y todavía cree que le debemos una rueda de prensa.

Capriles: la entrega que documentaron sus propios compañeros

La entrega más limpia que ha dado esta oposición, documentada por sus propios compañeros. En abril de 2025 se inscribió como candidato a diputado contra la línea de abstención. El régimen, que lo tenía inhabilitado, le levantó la inhabilitación justo a tiempo. Entonces Primero Justicia lo expulsó y lo escribió con todas las letras. Según su comunicado, figuras como Capriles y Guanipa fueron «habilitadas selectivamente» tras negociar con el régimen, mientras los partidos que no negociaron seguían bloqueados por los tribunales. Terminó sentado en la Asamblea de Maduro por la lista de Un Nuevo Tiempo. Es decir, dos veces candidato presidencial de un país destruido, convertido en diputado de utilería.

Monómeros: el saqueo que denunció la propia oposición

La joya. No hace falta que lo denuncie el chavismo. De hecho, lo denuncia la propia oposición. Su comisión de contraloría produjo un informe de 47 páginas sobre el contrato. Ese contrato cedía por quince años las competencias de un activo venezolano a una empresa panameña. Además, repartía 60 % para la contratista y solo 40 % para Monómeros. Incluso Alianza Democrática, otra coalición opositora, denunció el saqueo de esas empresas. Textual: «usando como carnada las necesidades del pueblo venezolano».

Carnada. Esa palabra no la escribí yo. La escribieron ellos sobre ellos mismos.

Y el remate: hace once días, Leopoldo López anunció una querella contra Humberto Calderón Berti, embajador del propio interinato de Juan Guaidó en Colombia. El motivo es que Calderón Berti lo acusa de corrupción en Monómeros. Es decir, un dirigente del gobierno interino demanda a otro por robarse los activos que ambos decían estar salvando.

Al régimen ni siquiera le tocó difamarlos. En realidad, se bastaron solos.

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Las 47 horas que retratan a la casta política venezolana

Alguien dirá que la casta política venezolana nunca tuvo el poder para demostrar otra cosa. Sin embargo, lo tuvo. Duró 47 horas.

El 11 de abril de 2002 sacaron a Chávez de Miraflores. Al día siguiente, Pedro Carmona se juramentó como presidente de facto. Entonces firmó un decreto que disolvía la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo, la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo. Todo de un plumazo. En la madrugada del 14 de abril, Chávez ya estaba de vuelta en Miraflores.

Ese es el expediente completo de la casta política venezolana al frente del país: 47 horas. Y lo primero que hicieron fue destruir las instituciones. Es decir, exactamente lo que le reprocharían a Chávez durante los siguientes veinte años.

No fueron veinte años aprendiendo a ser mejores. Fueron dos días demostrando que eran iguales.

Superlano: el jefe anticorrupción en un motel

Presidente de la Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional. Es decir, el hombre encargado de investigar la corrupción de un país entero. El 23 de febrero de 2019 Venezuela se jugaba todo en la frontera con la ayuda humanitaria. Mientras tanto, él apareció a las ocho de la mañana en un motel de la autopista Cúcuta-San Antonio. Con él había entrado su primo y asistente, Carlos Salinas, además de dos mujeres que salieron solas y huyeron. Salinas llegó muerto al hospital. La necropsia halló alcohol y benzodiacepinas, «provocada por terceros». 

Él sostiene que fue un intento de asesinato y niega haber estado de rumba.

Aceptémosle su versión completa, palabra por palabra. Igual queda esto: el jefe anticorrupción del país, en un motel al amanecer. Era el día más importante de la lucha opositora en una década. Y al lado, un muchacho de 34 años muerto.

Esa era la casta política venezolana que iba a salvarnos. Que no quede ni uno.

Machado: tenía la escoba y repartió amnistías

La única con autoridad moral para barrer con todos ellos hizo exactamente lo contrario. En Panamá, el 23 de mayo de este año, María Corina Machado los volvió a subir a la tarima. Frente a la diáspora dijo que todos los partidos habían decidido juntos, porque «todas las aspiraciones legítimas están supeditadas a un objetivo superior». Traducción operativa: Capriles, Ramos Allup, los de Monómeros, los chavistas reconvertidos, los de siempre. Todos adentro otra vez. Todos absueltos sin juicio.

Tenía el capital político para exigir cuentas y repartió amnistías.

Nunca verás trabajando a la casta política venezolana

Hay una prueba que puedes hacer en tu casa, sin FMI ni ACNUR.

Piensa en cinco dirigentes venezolanos, de cualquier bando. Ahora dime qué construyeron. Qué empresa, qué instituto, qué obra. Qué nómina pagaron con dinero que no saliera del Estado, de un activo ajeno o de un donante extranjero.

No se te ocurre nada. A mí tampoco.

Porque la única industria que la casta política venezolana sabe operar es la campaña. La caminata. El video vertical. La foto con la señora del mercado. Y la reunión de hotel pagada por alguien que nunca sale en la foto, aunque siempre cobra después.

¿Pagada por quién? ¿A cambio de qué? Nunca hubo respuesta. Nunca la habrá, porque la pregunta es el negocio.

Con el país a oscuras, la casta política venezolana está en campaña

Esto no es metáfora.

Venezuela atraviesa su peor ola de apagones desde 2019. Los racionamientos llegan a ocho horas diarias en todo el territorio y en algunas regiones superan las diez. El 99 % de los hogares del Zulia sufre cortes a diario, según Consultores 21. En Los Andes es el 98 % y en Caracas el 82 %. Además, Delcy Rodríguez le pidió al país racionar agua y luz.

Gente refrigerando insulina con un cable de extensión colgado de la casa de la vecina. Otros bañando a un enfermo con un pote, alumbrando con una linterna.

Y mientras eso pasa, la casta política venezolana está caminando y grabando. Exigiendo elecciones con la misma voz con la que exigió diálogo, y antes abstención, y antes primarias, y antes unidad.

El 3 de enero fuerzas estadounidenses sacaron a Maduro de Caracas en un avión militar. Por lo tanto, hoy está preso en Brooklyn, con juicio fijado para junio de 2027. Delcy Rodríguez gobierna bajo un tutelaje que Washington admite en voz alta. Trump, preguntado el 13 de septiembre, dijo que habrá elecciones «cuando estén listos». Sin fecha.

Cambió el dueño de la carretera. No cambió el bachero.

Toca honestidad y no profecía: no sé si esta transición tutelada parirá algo distinto. Ojalá me equivoque. Lo que sí sé es que ninguno de estos hombres rompió el ciclo cuando tuvo con qué.

Tuvieron cuarenta años de renta petrolera. Después les tocó un gobierno interino con reconocimiento internacional y acceso a activos en el exterior. Incluso tuvieron la Asamblea Nacional completa y 47 horas de poder absoluto. Con cada oportunidad hicieron exactamente lo mismo: ganancia para ellos y desidia para el venezolano.

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El hueco de Falcón

En una carretera de la sierra de Falcón hay un hueco. Lo denunció un dirigente de AD en un mitin de los setenta. Después lo grabó un reportero de televisión en los noventa. Lo prometió un candidato chavista en 2006 y uno opositor en 2015. Esta semana pasó otro, esta vez de Primero Justicia. Entonces se detuvo, levantó el teléfono, encuadró en vertical y lo subió a TikTok.

El hueco sigue ahí. Intacto. Perfecto.

Es lo único que la casta política venezolana ha sabido conservar en 68 años. Porque además es su modelo de negocio: mientras exista el hueco, existe el video. Mientras exista el video, existe la campaña. Y mientras exista la campaña, existe la partida.

Si a esta gente le entregan el país completo, no serán mejores que el chavismo. Al contrario, serán peores. Como buen aprendiz, el discípulo supera al maestro.


Y ahí está lo aterrador. El chavismo ya es lo peor que le ha pasado a Venezuela: casi un 80 % de la economía destruida y una cuarta parte de la población fuera del país. Decir que alguien puede batir ese récord debería sonar imposible.


No lo es. Y las señales no son una corazonada mía: son las 47 horas de Carmona, el informe de Monómeros, la habilitación negociada de Capriles y las amnistías repartidas en Panamá. Todo está en este artículo. A la vista de todos.

Venezuela no necesita una elección. Necesita un relevo que la casta política venezolana jamás convocará, porque convocarlo es firmar su partida de defunción. Ese relevo no está en las listas de 2026. Así que hay que fabricarlo. Y hay que hacerlo antes de que venga el próximo, con otro teléfono, a grabarnos el mismo hueco.

Que no quede ni uno.

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