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Carlos Fraga: “Tengo una vida que me gusta y que he construido”

Por Katty Salerno

Carlos Fraga siempre tuvo claro que la docencia era la profesión que quería ejercer. Por eso, al terminar el bachillerato en el liceo Gustavo Herrera, en Chacao, no dudó en seguir estudios en el entonces Instituto Pedagógico de Caracas. Lo que no intuía era que sus enseñanzas serían de otro tipo, pues hoy se dedica a mostrarnos que es posible construir una vida feliz si trabajamos en ello. Nacido en Nueva York, Estados Unidos, el 15 de marzo de 1958, el también actor y periodista egresado de la UCV es uno de los conferencistas y terapeutas más conocidos, en Venezuela e Hispanoamérica, en temas relacionados con el crecimiento y el bienestar del ser humano, área en la que se formó estudiando psicología por cuenta propia, siguiendo, especialmente, la línea de la escuela junguiana fundada por el psiquiatra y psicólogo suizo Carl Gustav Jung.

“Tengo una vida que agradezco, que me gusta y que he construido”, nos dijo Carlos Fraga en esta entrevista exclusiva con Curadas en la que nos contó todo el recorrido que ha hecho hasta llegar a ser quien es hoy, empezando por su nacimiento.

“Mi mamá es venezolana. Ella estudiaba en Canadá y mis abuelos iban a visitarla. En las vacaciones cortas, para no hacerla venir hasta Venezuela, ellos viajaban a Nueva York y ella bajaba desde Canadá y se reunían allí. Mi papá era cubano y muy joven se fue a Estados Unidos a vivir el sueño americano. Su primer trabajo en ese país fue como bell-boy (botones) en el hotel donde se alojaban mis abuelos y mi mamá. ¡Y ahí se enamoraron! Yo llegué a Venezuela a los tres meses de nacido, con mi mamá, porque ella ya necesitaba a su país. Mi papá llegó después”.

¿Y qué tal fuiste como estudiante?

Diría que normal. Estudié nueve años con los curas del Don Bosco, luego hice Humanidades en el liceo Gustavo Herrera. De allí salí al Pedagógico y después la Universidad Central de Venezuela (UCV). 

¿Por qué escogiste estudiar Literatura en el Pedagógico?

Para mí lo único que estuvo claro en toda mi vida fue ser docente. Y como me gustaba tanto leer y me gustaba tanto la literatura pues fue, sin duda, de todas las especialidades, la que más me gustó. 

¿Y por qué estudiaste luego Comunicación Social?

Mi interés era estudiar Psicología. En dos oportunidades no salí en las listas del CNU, sino que salí en Comunicación. Entonces me dije que la Comunicación me debía estar llamando y decidí entrar a esta carrera. Luego estudié Psicología por mi cuenta. 

¿Y ejerciste como profesor de Literatura?

¡Sí, claro! Muchísimo. Di clases en la Universidad Simón Bolívar y en la UCV, y en los liceos Gustavo Herrera y Francisco Espejo. Tuve alumnos que hoy son muy famosos. Richard Linares, Mary Montes, Andrés Galarraga, Omar Vizquel, Fernando Carrillo, Padrino López. Y hay mucha más gente conocida que todavía me llama “profe”. (Risas)

Cuéntame de tu interés por el cine, una de tus pasiones.

El cine tiene la magia de reunir literatura, historia, psicología, música… Esa capacidad de encontrar todo eso allí es una cosa que me sedujo y me sigue seduciendo. Todo lo que es cine, series, todo lo que es televisión… Todo lo audiovisual tiene para mí una carga enorme que me cautiva.

¿Alguna película o serie que te haya enganchado?

¡Muchísimas! Películas desde Love Story hasta Salvando al soldado Ryan… El cine español me apasiona, el cine nórdico me encanta, el japonés tiene un encanto maravilloso y del cine latinoamericano me gusta el argentino, que tiene una magia poética que me gusta muchísimo… 

¿Tienes algún otro pasatiempo? ¿Cómo combates el estrés?

Tengo muchísimos hobbies. Me encanta hacer ejercicio, estoy enfiebradísimo con el yoga desde hace algunos años. Me encanta el mundo del vino, me apasiona, es algo que heredé de mi papá, es un mundo en el que estoy metido de frente, inclusive soy embajador para Latinoamérica de una bodega española. Y por supuesto los viajes. Soy un viajero incansable. Toda mi vida he estado montado en un avión. ¡Empecé a los tres meses, cuando me trajeron a Venezuela!

Luego mis padres se divorciaron y a mi papá lo nombraron gerente para el Caribe de la cadena de hoteles Sheraton, así que todas mis vacaciones me las pasé en los hoteles Sheraton del mundo. Después, al cabo de los años, mi mamá se casó con el coordinador de vuelos de Viasa y de ahí en adelante no paré de viajar nunca, hasta el sol de hoy, salvo este año que hice nada más un viaje, en febrero. Regresé a Venezuela en marzo, el mismo día que decretaron la cuarentena por el coronavirus. 

También soy fanático de los perros. Toda mi vida ha estado rodeada de perros; todas mis referencias en el tiempo están marcadas por los diferentes perros que han formado parte de mi historia. Ahora tengo al Señor Dimitri (pomerania) y la Señorita Emily (poodle), que son famosos en las redes. 

Tienes 62 años y te conservas estupendo. Además de ejercicios, ¿haces dieta?

Me cuido. Ya de adulto me he hecho muy mesurado porque en la mediana edad hice muchas locuras. De un tiempo para acá me cuido mucho. Ya no me interesa trasnocharme, por ejemplo. No soy vegetariano, pero como muy sano. No consumo lácteos, ni azúcar refinada, tampoco enlatados o harina de trigo. Como con mucha mesura, pero soy un gran comensal.

¿Y cuando te quieres consentir, con qué cosa rica te complaces?

Gracias a Dios tengo un gran grupo de amigos chefs que siempre me cocinan cosas muy ricas. Tengo la ventaja de que no soy dulcero, entonces no siento delirio por lo dulce. De vez en cuando puedo comerme un dulce de leche, que es el que más me gusta, y ya; pero no es nada que pueda sacarme de mis casillas.

Has dicho que siempre pones a Dios por delante. ¿Es una creencia que te inculcaron en tu familia o llegaste a él por tu propio camino?

Soy católico porque nací dentro de una familia católica y guardo un poco esos preceptos. Pero también ha sido algo que se ha ido depurando con el tiempo. Yo creo en un Dios creador, en una fuerza creadora que va más allá de cualquier religión. Creo en un Dios que es mi Dios, que albergo en mi corazón, que es el ordenador del planeta, el ordenador de todo lo vivo. Creo en un Dios mayor y que soy un milagro de ese Dios, como lo somos todos.  Todos somos un milagro en evolución.

¿Cómo llegaste a lo que eres hoy?

Todo tiene su historia. Yo comencé a dar clases en el Gustavo Herrera como profesor de Literatura. Tenía apenas 17 años, imagínate.

¡Empezaste muy joven!

Sí, entré al Pedagógico a los 15 años. En esa ápoca, a partir del cuarto semestre, cuando terminabas las materias básicas, ya podías dar clases. Cuando me mostraron los liceos donde había horas docentes disponibles, y vi que estaba el Gustavo Herrera, grité de la emoción porque yo fui muy feliz en ese liceo, y me pareció maravilloso regresar para dar clases. Además, me dieron las horas en Ciencias y para mí era mayor el reto de hacer que esos chamos se enamoraran de los libros.

Continúa la historia, por favor…
Un día pasaba por el pasillo la que era la jefe del Departamento de Literatura y de pronto oyó una voz que no conocía y se detuvo a mirar por la ventanita de la puerta en el momento en que yo estaba hablándoles de La Ilíada a los estudiantes de cuarto año de Ciencias. Después de clase, ella me pidió que nos tomáramos un café en el cafetín y me comentó que había quedado cautivada con lo que había visto porque ese era el curso que tenía más problemas, los alumnos eran los más malandros, y sin embargo estaban totalmente babeados escuchándome, y que yo parecía que les estaba hablando desde la misma Grecia.

Ella, que ya tenía 20 años en la docencia, me dijo: “te voy a recomendar algo: estudia actuación, porque si le metes un poquito de actuación a la docencia, te vas a comer las aulas. Si yo tuviera tu edad y tuviera eso que tú tienes, eso que tú logras en la gente, estudiaría actuación”. Eso se me cayó del corazón y empecé a preguntar cuáles eran las mejores escuelas de actuación y me dijeron que la Juana Sujo y el Taller Ana Julia Rojas, del maestro Horacio Peterson. Entonces me fui a hablar con él y le dije que yo no tenía ninguna pretensión de montarme en un escenario, sino que quería mejorar mi calidad docente.

Horacio tenía la particularidad de que después de los dos años de estudios montaba una obra con los alumnos e invitaba a gente de la cultura a ver el montaje. En ese momento fue Confesionario, de Tennessee Williams, donde yo tuve un papel importante. Cuando terminó la obra hubo un brindis y de pronto se me acercó el maestro (José Ignacio) Cabrujas y me dijo: “mire, joven, ¿a usted no le interesa hacer una telenovela que estoy a punto de estrenar?”. Y yo le respondí: “no, maestro, yo ando en otra, soy docente”.

Me fui a la cafetería a llamar a una amiga que me había ayudado a estudiar el papel y que estaba muy pendiente de cómo saldría la obra.  Le dije que todo había salido perfecto, que todo el mundo había estado muy bien, que hasta Cabrujas se había acercado a preguntarme si quería hacer una telenovela. Ella me preguntó qué le había respondido y le dije que mi respuesta había sido no. “¡Pero tú eres pendejo! – me dijo ella. ¡Cómo que no! Vaya y dígale que sí. Esa es la oportunidad de tu vida”. Y yo, como un robot, que no tiendo a ser robot para nada, subí y me le acerqué a Cabrujas y le dije que aceptaba su oferta, si aún era posible. Él me dijo que sí, anotó su teléfono y me dijo que lo llamara al día siguiente.

Palabras más, palabras menos, a los dos días ya estaba en Radio Caracas Televisión firmando un contrato. La telenovela era Chao, Cristina, donde yo hacía el papel de hijo de Marina Baura. Me cautivó el ambiente, la televisión, las luces…. Hice tres telenovelas más y al año me llamaron para ser el animador de Lo de hoy, junto a Neyla Moronta, un programa de tres horas. Yo creo que ahí empezó todo. Allí fue donde decidí quedarme en la televisión, que sigue siendo para mí un medio muy familiar, muy rico, donde me desenvuelvo muy bien, donde soy muy feliz. Pero un día me peleé con los ejecutivos de Radio Caracas, por cosas de los intereses de ellos, y también porque entonces yo era un chamo con un ego enorme que me creía Renny Ottolina, y me fui.

Entonces me llamaron para protagonizar la telenovela Pobre diabla, que era una producción independiente argentina, junto a Oswaldo Laport, un actor uruguayo muy famoso, y Jeannette Rodríguez, que venía con toda la fama de La dama de rosa. Pero antes de eso, el día que tuve la pelea en RCTV, me llamó Carlos Giménez, director del grupo de teatro Rajatabla, y me dijo que tenía un proyecto financiado por Pdvsa que no había podido lanzar porque no tenía a la persona y que él creía que yo podía ser esa persona. Me dijo que él quería hacer la escuela de teatro más importante de este país, que se llamaría TNT, como la nitroglicerina, que en este caso serían las siglas del Taller Nacional de Teatro. ´Quiero que tú seas el director y que la pongas a andar´, me dijo.

Recuerdo que eso fue una noche como a las 9, mientras tomábamos unos rones en el Rajatabla. De ahí me fui a mi casa y me senté en una máquina de escribir a hacer el proyecto. Al día siguiente, a las 11, me presenté y le entregué el proyecto tal como yo entendía que se podía hacer esa escuela de teatro. Creé la escuela del Taller Nacional de Teatro, con mucho éxito. Por allí pasó gran parte de la gente de teatro de nuestro país, ya hoy en día son mayores, claro. Luego me llamó la gente de Pobre diabla y me sacó del TNT, aunque la verdad es que yo ya estaba aburrido. Cuando las cosas no tienen la continuidad que a mí me gusta, prefiero apartarme. Dejé la escuela montada y me fui a hacer la telenovela.

Cuando hice Pobre diabla me pagaron muy muy bien. Yo era muy amigo de Catherine Fulop, que en ese momento era la actriz mejor pagada de este país, y yo ganaba lo mismo que ella. De eso me enteré porque como éramos tan amigos, sabíamos lo que ganaba cada uno.  Pero los actores en Venezuela, y creo en casi toda Latinoamérica, viven con una gran angustia porque ganan es por proyecto. Cada vez que empiezan un proyecto les surge la angustia de qué va a ocurrir después de que lo terminen, cómo van a pagar la comida o el apartamento después. Entonces me harté de esa angustia y dije que no quería eso para mí.

En ese momento yo estaba haciendo terapia como paciente y no hacía otra cosa que leer de psicología. Recuerdo que cuando le dije a mi psiquiatra que había decidido no hacer más telenovelas y que me quedaría con la docencia, que era el mundo que me apasionaba, me dijo que no. Me dijo que a mí me apasionaba era la psicología y le dije que era cierto, pero que también tenía que comer. Entonces él se ofreció a entrenarme y me propuso que fuera su asistente terapéutico. Ese fue mi primer entrenamiento importante, profesional, para esto.

¿En tu formación como psicólogo, hay alguna disciplina o autor que te haya influenciado de manera particular, algún referente?

Muchos. Desde Krishnamurti hasta la Madre Teresa, desde Thomas Moore hasta Carl Gustav Jung, cuya escuela es la que más he seguido, estudiado y profundizado. Tengo muchos mentores, muertos y vivos.

El comienzo

Entonces me dije: si soy docente, si ahora tengo este entrenamiento tan importante, si me encanta pararme frente a la gente y hablarle, ¿por qué no hacerlo públicamente? Fue así que creé la famosa Charlas de los lunes, que tiene ya 29 años. Todos los lunes dictaba esas charlas, por las cuales la gente pagaba su entrada. Empecé en el Banco del Libro, luego pasé al teatro Palacio del Centro Plaza, después al Paseo Las Mercedes, al hotel Pestana y finalmente al teatro del BOD, cuando dejé de hacerlo porque la gente ya no podía pagar la entrada debido a la situación de Venezuela.

A finales de 1995, un día me llaman a mi casa. Era el gerente de producción de Venezolana de Televisión. Para mí, al igual que para casi todos los venezolanos, ese canal era como un cementerio, no pasaba nada. Me dijo que el vicepresidente de producción quería hablar conmigo y yo le respondí que como para qué. Me dijo que ese señor había ido a tres de mis charlas. El 27 de diciembre me volvió a llamar y esa vez le dije que al día siguiente, Día de los Inocentes, iría al canal.  Me reuní con el vicepresidente y me dijo que él quería que yo hiciera un programa todas las mañanas para que la gente despertara conmigo. 

En ese momento él recibe una llamada y yo me quedo tomándome un cafecito en un vaso plástico, lo recuerdo muy bien. De pronto, algo en mi corazón me dijo que por qué eso que yo hacía en las charlas de los lunes no lo hacía en televisión.

Él, que tampoco quería arriesgarse, me dijo que el contrato sería por tres meses. Yo acababa de comprar un carro y estaba pagando mensualmente los giros, que eran de 333.000 bolívares. El cheque que recibía en Venezolana de Televisión pasaba directo al concesionario. Acepté la prueba porque, total, tres meses pasan volando. La cosa fue tan loca que al terminar nuestra segunda reunión, donde acordamos todos los puntos, alguien me pregunta cuál escenografía quería yo para el programa y le respondí que no tenía la menor idea. Le propuse entonces que fuera a mi casa, donde tenía un poco de cosas que tal vez le servirían. Le brindé café y él empezó a revisar y sacó un sol y una luna con los que armó el backing que tuvo el programa al inicio. Así empezó en televisión, en 1996, el programa Hablemos con Carlos Fraga.

Pero lo mejor es lo que viene. Al mes exacto baja el flaco (Fernando) Miralles, que en ese momento era el presidente de VTV – hoy en día sigue siendo muy amigo mío – y desde la puerta del estudio me grita: “Fraga, ven acá”. Nos presentamos y él se saca del bolsillo mi contrato, me lo muestra y lo rompe. Yo, por dentro, me dije: ´la torta, esto no duró ni tres meses´ (risas). Pero de lo que quería informarme en realidad era que yo pasaría a ser productor independiente.

Yo no tenía la menor idea de qué era eso de productor independiente y así se lo hice saber. Entonces me llevó al departamento de ventas, donde había como 11 personas sentadas, y me dijo que toda esa gente estaba allí por mí y por mi programa; que mi espacio era el único que tendría clientes porque tenía más audiencia que el de Napoleón Bravo.  Llamé a unos amigos míos publicistas, los saqué de sus empleos, y entre los cuatro armamos una empresa de producción independiente. Ganamos mucho dinero porque el programa siempre tuvo muchísima publicidad. Así fue hasta 2002, cuando me tuve que ir porque el canal se politizó.     

En 2010, después de ocho años, regresé a la televisión. Me llamaron de Televen pero yo sin ningunas ganas, porque para ese momento ya tenía mis consultas, mis asesorías a empresas, que era lo que más dinero me daba, y seguía viajando. Sin embargo, cuando llegué al canal quien me atendió fue (Omar) Camero, el presidente, y me preguntó qué quería para regresar. Yo le dije que quería esto, y esto, y esto… y no paraba; y él iba anotando y me decía que todo eso estaba dado, que qué más quería. Entonces le dije que también quería esto, y esto y esto… Para resumir, el programa fue un fenómeno, en especial fue un fenómeno en ventas para ellos porque nunca ningún programa había tenido tanto rating. Mi programa concentraba el rating de los cuatro programas de la mañana.

Eso fue así hasta que la situación del país me hizo ver la necesidad de internacionalizarme y también por el hecho de que lo único que no me concedieron fue el pago en dólares. Televen aun hoy no paga en dólares. Entonces me llegó una propuesta del canal IVC, ofreciéndome el pago en dólares y la oportunidad de ser visto en 12 países. Y acá estoy. Acabo de firmar la cuarta temporada, que saldrá el año que viene, de Fragamente hablando, que sale al aire a las 8 de la mañana. Esa ha sido la historia.

En lo personal, ¿cómo te has enfrentado a la pandemia?

Me ha tocado ayudar, salir a la palestra, me ha tocado mostrarme, acompañar a la gente y lo he hecho como lo hice siempre, a través de los medios. Pero ahora me tocó cambiar y hacerlo virtual. Yo no soy tecnológico porque no tengo la edad ni la cultura de la tecnología, pero he aprendido, he invertido en tecnología, mi casa parece CBS (la cadena de televisión estadounidense), salgo de un estudio a otro, que es de un cuarto a otro, con un gentío en mi casa, y prendo luces y apago luces. Los zoom los estoy haciendo solo para empresas. Entonces me ha tocado acompañar, asesorar, darle a la gente una contención pero desde la palestra de los medios, que es mi palestra natural.

Sigo con Charlas de los lunes, que ahora va por mi canal de YouTube. No creo que haya un canal con tanto contenido como ese. Un contenido nuevo constante. Tengo el programa de radio Fraga en buena onda, todos los días, por Onda, que me pidió hacerlo para ayudar a la gente, porque se estaba desesperando. Arranqué en abril, de 12 a 1, que fue una locura, con gente de todas partes del mundo pegada al programa. Después lo cambiaron al horario de 3 a 5, la primera hora solo para Caracas y en la segunda abro el Instagram Live, el canal de YouTube y se unen las 11 emisoras del Circuito Onda. Entonces son miles y miles de personas escuchándome desde muchas partes del mundo. ¡Una locura!

Son regalos que te va dando la vida. Si tú me preguntas cuál es la época de mi vida en la cual he trabajado más, es esta. Pero lo hago en mi casa, en chores, con mis horas de meditación y de yoga, con mi gente, con mi familia, disfrutando y absolutamente tranquilo.  

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¡Trabajas mucho! Tienes los programas en línea, además de los que haces en radio y televisión. Has publicado seis libros y 14 audiolibros, y asesoras a casi un centenar de empresas… ¿Trabajar duro es lo fundamental para el éxito?

Yo creo que más bien es la perseverancia, no el trabajo. Perseverar en un trabajo serio en el cual no vendas el alma. En eso he estado muy claro. En las tres oportunidades que me han ofrecido convertirme en el número uno de habla hispana del mundo, el pago era muy alto y me llegó a una edad en la que ya no hipotecaba eso.  Yo tengo una vida que quiero y que me gusta. Mi vida me gusta y no es que me gusta ahorita, me gusta desde que tenía 40 años, porque la he hecho, la he trabajado.

¿Cuál es la clave de que un trabajo no pese? Primero, tengo un excelente equipo. Mi asistente, Francia, una profesora de la UCAB que un día decidió dejar todo por acompañarme, tiene conmigo 28 años. Mi diseñador gráfico tiene conmigo 17 años. Otros tienen 16, 14 y 11 años conmigo. Es decir, tener gente confiable que no trabaje contigo por dinero, aunque gane dinero, es una clave fundamental. Luego, no dejar de trabajar nunca, en el sentido de ser perseverante.

Y por encima de todo, el respeto hacia la gente que te sigue y la calidad de lo que haces.  A la gente se le respeta. Y tiene que haber calidad en eso que tú le estas brindando. La gente no está comprando a Carlos Fraga, la gente está comprando una experiencia, y esa experiencia hay que brindársela de la mejor manera posible. Eso lo aprendí y eso es lo que enseño a las personas y a las empresas.

Yo tengo una vida con tiempo absolutamente para todo lo que de verdad me nutre. Y eso no lo hipoteco. Hace cuatro años que no hago terapia privada, cosa que lamento, porque me alimenta mucho, pero es porque no tengo el tiempo. Ahora me nutro de la gente que me escribe, les voy contestando. Mi vida no tiene ningún menoscabo, me reúno con quien quiero. Tengo una vida que me gusta, una vida simple pero muy llena de cosas que me placen, me complacen y me enorgullecen mucho. Y cada día me dispongo a mejorarla, a tener más contacto conmigo, a ser más coherente y que cuando me pare en un escenario la gente sienta y diga que le pasó algo después de escucharme. Yo creo que con eso estoy más que pagado.

Ya tengo un nombre no solo aquí sino en Hispanoamérica, la gente paga lo que yo pido y sabe que yo no soy barato, porque el valor se lo pongo yo. Como también hago mil cosas gratis, pero yo lo decido, no lo decide la gente por mí. No es que me va a llamar una fundación a pedirme que les haga algo gratis, no, eso no sucede jamás. Pero yo sí puedo buscar una fundación y ofrecerles hacer algo. Ya hay una serie de cosas que están bien trazadas, así que ya no tengo el problema de estar peleando con eso.

¿Crees que los seres humanos somos hoy más espirituales? Antes, la espiritualidad estaba relacionada con grandes maestros, grandes gurús, que se alejaban del mundo a meditar para así alcanzar el Nirvana; o de personas que vivían metidas en una iglesia rezando para ganarse el cielo. Hoy en día somos millones, y me incluyo, meditando, cuidándonos, tratando de alcanzar si no el cielo, al menos una paz que nos permita vivir más tranquilos, más relajados y más felices. ¿Esto es una moda o es una evolución de la humanidad?

Yo creo que es una necesidad y el covid la confirmó. Estamos en pleno cambio de cultura. Hubo una cultura de postguerra que nos acompañó durante un buen tiempo, pero está totalmente vencida, donde “tener” era el verbo que funcionaba. Tener títulos, estudios, idiomas, carro, apartamento, amigos, prestigio, luego avalada por el “hacer”.  Ahora nos tocó una cultura que pasa del “tener éxito” al “cuidado”. Una cultura que de verdad nos puso frente a un espejo. 

Creo que el covid fue el gran punto de llegada de todo esto. Hasta el precovid, la gente me veía o escuchaba en un programa y me decía “ay, Carlos, qué bello eso que dijiste”. Hoy en día la gente me dice “guao, Carlos, qué útil eso que dijiste”. Por lo tanto, creo que la gente está mucho más necesitada de entrar en algo para lo cual no tuvo cultura. La única cultura que había para eso era la religiosa, pero la religiosa es esclavizante, culposa, absolutamente demandante, y además es una cultura que no te lanza nada para este lado, sino que todo es para ellos.

Yo creo que se trata de una cultura espiritual, porque al fin y al cabo eso fue lo que terminamos descubriendo, que somos seres espirituales en una experiencia material. No es al revés, como se decía en el pasado, que somos seres materiales que leemos un libro de Osho o hacemos un curso con Carlos Fraga. No. Somos seres espirituales en una experiencia material. Nos alcanzó el cáncer, nos alcanzó la diabetes, nos alcanzaron todas las enfermedades y nos sentaron la muerte al lado, pero, de alguna manera, lo que te salva es lo que tienes adentro. ¿De qué te sirve tener cinco apartamentos si no es para traerte problemas en la vida?  ¿O tener cinco carros, si no es para tener peos con la gasolina? ¿De qué te sirve todo eso?  ¡No te sirve para nada!

Yo creo que lo que ha sucedido es que ha habido una adversidad que se ha convertido en maestra y ha sido maestra porque nos ha cambiado de vagón. Salimos del vagón del tener. No sabes la cantidad de gente que en los primeros tres meses del covid, profesores universitarios, dueños de empresas, vicepresidentes ejecutivos de grandes trasnacionales, que me llamaron para ver qué podía hacer por ellos, porque, claro, todo lo que sabían no les servía para absolutamente nada. Y les dije que iban a llegar de nuevo a sus trabajos y que se iban a dar cuenta de que los seres humanos cambiamos, así que todo lo que ellos creían que era sabido no lo es, que cambiamos. ¡Y lo que falta por cambiar, lo que va a ser el 2021!

¿¡Todavía falta!?   

Claro, esto es una ola. Y no es que yo sea adivino, sino que esto es una ola que va hacia allá, lo que va es a cambiar el orden del mundo. Con el covid la gente va a tener que cambiar porque se va a dar cuenta de toda la mentira que estaba viviendo y va a empezar a buscar una verdad. ¿Y dónde está esa verdad? Dentro de cada uno de nosotros.

¿Por eso nos obligaron a encerrarnos?  

¡Claro, para detenernos! Todos vivíamos a una velocidad enorme. La gente hablaba de la pasión que tenía por su trabajo y era mentira, porque nadie tenía pasión por el trabajo, era adicción por el trabajo.  Tú no eres alguien que haces, eres alguien que eres. ¿Adónde va el mundo?  A la coherencia, a que ese ser y tener sean coherentes y nazcan de algo legítimo. A que seamos seres comprometidos pero no con una empresa, sino contigo, para que no dependas de la empresa. Vamos hacia el “te amo pero no te necesito”.

La educación se tiene que revisar, porque definitivamente fracasó. Llegamos al covid y nadie sabía nada de nada. Lo que sabíamos no nos sirvió para nada. Nadie sabía nada de adaptación, de aceptación. La gente todavía está en crisis de angustia, en crisis de pánico, en crisis de incertidumbre. Entonces la educación tiene que revisarse desde el kínder hasta el doctorado, completa. Si Dios nos da vida, eso lo vamos a ver en los próximos años.

¿Algo más que nos quieras decir?

Que estoy listo para lo que salga y con mucho amor por lo que hago. Que tengo una vida que agradezco, que me gusta y que he construido. Creo que la idea que tenemos acerca del vivir también tiene que cambiar. Esta cultura de cuidado nos tiene que llevar a una reconcepción de lo que es la construcción. Lo importante del amor es cuando tú construyes una pareja. Una pareja se construye. Igual ocurre con la paz, se construye. La felicidad, se construye.

La alegría es una emoción. Alguien te llama y te alegras por esa llamada. Pero la felicidad, como un constructo de vida, como un concepto de vida, es algo que se hace todos los días. Porque la felicidad tiene un elemento fundamental que es la paz interna. Y esa paz se va construyendo. Con meditación, contemplación, estando contigo y vigilando lo que consumes, y con esto me refiero a lo que consumes a través de la lectura, de lo que ves, de lo que oyes, de lo que está a tu alrededor.

El nuevo hombre contemporáneo, además de tecnológico, debe ser un hombre de compromiso hacia adentro, no de compromiso hacia afuera. Ya la ambición es absolutamente frívola y superficial porque ahora estamos es en la aspiración, que es otra cosa, algo totalmente distinto a la ambición. La aspiración es mi compromiso conmigo para llegar allá a través del trabajo coherente, un trabajo que no me cercene mi capacidad de decidir. Te amo, pero no te necesito. Yo estoy completo, no necesito nada, yo puedo elegir. Eso es lo que nos hace libres.

Ese es mi trabajo. Mi trabajo es abrirle los ojos a la gente ante eso. Habrá quien quiera y habrá quien no, eso también vale. Que seguirá habiendo gente terrible con el cambio del mundo, sí. Pero seguimos trabajando porque cada día hay más gente que quiere ser feliz, cada día hay más gente que quiere tener paz, cada día hay más gente que quiere estar más tranquila. Cada día hay más gente que quiere estar enamorado de su vida y eso es una construcción de todos los días, de todos los días. ¡Así que manos a la obra!

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