Eduardo Abad: “Tengo la intención de seguir pintando paisajes de Venezuela”

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Eduardo Abad (Caracas, 1959) llegó a Venezuela en el vientre de su madre. Pero hace año y medio regresó a Tenerife, Canarias, de donde un día salieron sus padres buscando un mejor futuro para ellos y para el vástago que estaba por nacer.

En la tierra donde fue concebido tuvo un nuevo comienzo personal y profesional. Se casó con la mujer de la que se enamoró a primera vista, dos años antes, en una caminata en las montañas de los Valles Altos, en Carabobo. Y dejó atrás su carrera como ingeniero mecánico para dedicarse por completo a la pintura, que es lo que siempre hubiera querido hacer.

Por estos días, y hasta el 30 de octubre, está presentando su exposición “Tierra de gracia” en el Real Casino de Tenerife, una emblemática institución de casi dos siglos de historia. Sus obras o “pintugrafías”, como él las llama, constituyen una síntesis de sus tres grandes pasiones: el montañismo, la fotografía y la pintura.

“Es un comenzar de nuevo», contó Eduardo Abad a Curadas.com en esta entrevista exclusiva, vía WhatsApp, desde Tenerife.

«En Valencia (Carabobo) yo tenía una casa muy amplia, muy cómoda. Ella también tenía su apartamento muy bonito, nuevo. Ahora vivimos en un pisito, como le dicen aquí, un apartamento chiquitico, alquilado. Y de tener tres carros, incluyendo una pick-up grande, pasamos a tener un carro chiquitito. Ese nivel de vida que teníamos cambió por calidad de vida, porque aquí no falta la luz ni el agua ni la gasolina ni nada y hay seguridad. Entonces es un equilibrio.

Se echan de menos muchas cosas Venezuela. La geografía, en especial, se va a echar de menos siempre porque no creo que haya un país del mundo que tenga la geografía, la naturaleza que tiene Venezuela. Ninguno se le acerca, creo. Por eso tengo la intención de seguir pintando paisajes de Venezuela, salvo que la vida dé algún giro raro. Pero para mí, en lo que a paisajes se refiere, Venezuela no tiene comparación”.

¿Cuándo empezaste a pintar?
Ya de niño me resultaba muy sencillo dibujar. Me sorprendía que a mis compañeritos del colegio les costará tanto hacer un dibujo, mientras que yo los hacía desde cuarto o quinto grado de primaria. Dibujaba el carro de Meteoro y se los regalaba, por ejemplo. Recuerdo haber ganado varios premios en concursos de pintura infantil que hacía automercados Cada. Hasta una enciclopedia me gané en uno de esos concursos. Me resulta muy fácil, sin duda nací con esa habilidad y siempre la cultivé, primero a modo de diversión.

Después empecé a estudiarlo formalmente, cuando tenía como 17, 18 años. Tuve la gran suerte de que a una cuadra escasa de donde yo vivía en Bello Monte, en Caracas, daba clases en su casa un gran maestro canario que después de salir de España vivió en Venezuela el resto de su vida. Ese pintor fue Antonio Torres, un gran muralista de Tenerife. Aquí hay obras importantes de él en algunas instituciones de Canarias. Yo tuve la gran suerte de que mi papá, que también era canario, me tomó un día del brazo, me hizo caminar la cuadra que había de distancia entre nuestras casas, y me llevó ante este gran maestro.

Tuve la suerte, que pocos la tienen, de recibir una formación artística a-ca-dé-mi-ca. Y enfatizo lo académico porque creo que en los tiempos actuales eso pareciera estar un poco pasado de moda. Aprendí primero a dibujar primero, a hacer carboncillo. Después a pintar al óleo, empezando por dos colores, después tres, cuatro. Y luego los estilos de pintura: clásico, barroco, impresionista, expresionista, abstracto…

Conocer esos estilos, su razón de ser, y entender las técnicas de cada uno de ellos te da como una especie de biblioteca para después poder hacer lo que tú quieras, que creo que es lo que estoy logrando ahora. Esa es la base para tener un estilo propio. Para mí es muy importante haber pasado por esa escuela sin quedarte, después, haciendo lo que aprendiste en la escuela, sino innovando”.

En 1977 ingresó a la Universidad Simón Bolívar. Inicialmente quería seguir la carrera de Arquitectura, dado su gusto y su inclinación natural hacia lo artístico y creativo. Pero después de cursar el primer año, que era común a todas las carreras, se decidió por Ingeniería Mecánica. “Y no me arrepiento, porque como ingeniero mecánico me fue muy bien. Trabajé en Pdvsa, en Industrias Venoco y luego me independicé. Tuve mi propia empresa, que se mantuvo por más de 20 años. Fabricábamos productos químicos – recubrimientos – para la industria automotriz. Le vendíamos a las principales ensambladoras en Venezuela – Honda, General Motors, Encava, entre otras. Llegamos a exportarle a la Hummer, en Estados Unidos. Hasta 2007 la empresa se mantuvo muy bien. Después vino la hecatombe que aún estamos viviendo. 

Esa fue la razón por la que tuve que cerrar la empresa. No tenía mucho sentido insistir en mantenerla activa cuando el mercado no daba para nada. Esperé hasta lo último, confiando en poder hacer algo más en Venezuela. Pero debido a la situación de los servicios y de la inseguridad consideré que lo inteligente era empezar de nuevo en Tenerife, por ser la tierra de mis padres, donde tengo familia y porque pude llegar con el pasaporte de este país en la mano. Y aquí estoy desde hace año y medio, dedicado básicamente a la pintura, que es lo que siempre hubiera querido hacer.

¿Por qué no seguiste la carrera de Arquitectura?
Algunos amigos me convencieron de no hacerlo. Para esa época, ser arquitecto no era la profesión más rentable en Venezuela si uno no tenía relaciones o contactos con el sector de la construcción. En cambio, los ingenieros de la USB estaban muy bien cotizados. Creo que esa fue la época de oro de la Simón Bolívar. Empresas como Pdvsa o las petroleras americanas te buscaban apenas te graduabas y de una vez te ofrecían pagarte hasta el postgrado siempre que hicieras carrera con ellos. Eso era muy tentador. Con la arquitectura no era así. Podías tener la vocación y el talento, pero trabajar solo no era muy apetecible en términos de desarrollo económico.

El arte que tú haces lo llamas “pintugrafía”. El término no aparece en el diccionario de la RAE, ni en Google. ¿Qué es la “pintugrafía”? ¿Es una nueva técnica?
“Pintugrafía” es un término que yo acuñé. Se me ocurrió a mí, no sé si exista en algún lado, pero al menos yo no lo sé. No es una técnica. Las pinturas que hago, sobre todo los paisajes venezolanos, las hago a partir de fotos que yo mismo he tomado. Si la pintura la hago a partir de una foto que tomó otra persona, no la llamo “pintugrafía”. Eso es todo, de eso se trata esto.

Me gusta tener el crédito también de la foto. La mayoría de mis cuadros son hechos a partir de fotos tomadas en lugares muy remotos de Venezuela, como el tepuy Acopán, el cañón de Kavac, sitios muy escondidos donde tienes que tener una gran logística para poder llegarles.  Avionetas, curiaras, prepararte con los indígenas de la zona, caminar a veces durante varios días.

Tienes que pasar por muchas cosas para poder lograr estas fotografías. Aunque no necesitas ser un gran fotógrafo para que queden espectaculares porque los lugares son espectaculares. Basta con que seas un buen fotógrafo. Yo no creo que yo sea un gran fotógrafo, soy solo un buen fotógrafo. Yo las fotos no las edito. Básicamente las dejo tal como las tomo porque, repito, creo que tienen más mérito los lugares en sí que la foto como tal a nivel de técnica. Hay lugares que no tienen ni nombre y yo se los inventó. Sin embargo, son fotografías solventes, no las altero.

Y teniendo esas fotos en las manos, hago los cuadros. Me cuido mucho de respetar la morfología del paisaje que pinto. La forma de la roca o de la cascada. Si ves un Salto Ángel pintado por mí verás que es el Salto Ángel aquí y en Pekín. No distorsiono su forma. Lo que sí hago es exacerbar o resaltar los contrastes, los colores. Exagero los colores, sobresaturo colores, sobresaturo contrastes.

Entonces, de una foto que ya de por sí es muy llamativa porque esos paisajes lo son, logro, pudiéramos decir, una explosión de color, de luz. Cada piedra de ese Salto Ángel que yo pinto está ahí, no la inventé. Y por eso también es que me da mucho trabajo hacer un cuadro de ese tipo. Me toma mucho tiempo, a veces meses, porque voy piedra por piedra, alterando el color, el contraste, pero respetando mucho la forma.

El trazo de colores es intencional. No improviso. Es un esfuerzo lograr que parezca que no es improvisado. Cada trazo es muy calculado y no es fácil que el resultado parezca espontáneo cuando en realidad tiene mucho trabajo por detrás. Si tú observas a cierta distancia el Salto Ángel que yo llamo Su majestad, verás que la espuma del agua es blanca y algo azulada, como debe ser. Pero si detallas la espuma cuando está entrando en la selva, verás muchos colores. Hay naranjas, hay violetas, hay verdes. ¿Por qué están allí? Porque eso hace que el cuadro vibre.

Cuando me preguntan cuánto tardé en hacer ese cuadro, pienso que tardé los 40 años que tengo pintando, el tiempo que me tomó llegar a la conclusión de que mezclar una docena de colores te puede dar la impresión de que estás viendo una neblina azul.

¿Cómo defines tu estilo pictórico? ¿Se inscribe dentro de alguna corriente conocida o estás creando una nueva tendencia?
¡Qué difícil! Hago arte figurativo sin duda. De tener que definirlo, sería expresionismo, evitando intencionalmente caer en el hiperrealismo.

Sobresaturo colores, juego con colores complementarios y exagero los contrastes de luces y sombras para dale mucha fuerza y estética al resultado final. Es un lenguaje propio y lo considero muy consistente.

Crear una tendencia sería mucho decir.

¿Y qué pintores admiras?
Me gusta mucho Alirio Rodríguez y lo que hizo dentro del movimiento de la nueva figuración. Reverón, si lo logras entender, no me gusta tanto estéticamente, pero hay que quitarse el sombrero ante el talento de ese hombre para ver la luz. John Artal, a quien no conozco personalmente y que hace unos tepuyes en un estilo muy distinto el mío. Él logra muy bien la atmósfera lejana, neblinosa, estéticamente muy hermosa, fantástica. En cambio yo me voy a lo duro de las rocas. Joaquín Sorolla, el pintor español, que me parece un genio. Y Armando Villalon, maestro venezolano.

Son muchos los pintores que admiro. Pero no siento la influencia de nadie en lo que hago. ¿Suena pedante?

Lo que definitivamente no eres es de esos pintores que salen a pintar con sus caballetes…
La diferencia de pintar un paisaje a partir de una fotografía es enorme por el tema de la comodidad, obviamente. Yo admiro a los pintores de épocas anteriores que no tenían una cámara fotográfica y querían pintar un paisaje. Eso era muy complicado, porque al pintar de esa forma puede cambiar la luz, puede cambiar el clima, se puede meter una nube y tapar el sol. La fotografía es una gran herramienta porque la guardo en mi iPad y con toda la comodidad del mundo puedo hacer el trabajo en mi estudio. Y con toda la paciencia, porque no tienes la angustia de que te cambie la luz. Además, nunca podría pintar estos paisajes en esos lugares, y más en estas expediciones donde cada kilo de peso cuenta. ¡No me imagino cargando un caballete ni mis pinturas, ni remotamente!

¿Qué sientes al pintar?
Cuando comienzo un cuadro estoy pendiente de lograr que la forma, es decir, que la proporción esté exacta. Siempre, siempre, siempre lo primero que hago es trazar el dibujo, hacer el esqueleto de lo que voy a pintar. Y eso lo hago porque, insisto, no quiero distorsionar la forma. Quiero jugar con otras cosas, no con las formas. Entonces armo el esqueleto con mucho celo para que me quede muy bien proporcionada y empiezo a poner los colores.

Pero en ese proceso, cuando ya estoy hablando de detalles, de grietas, de puntos de luz, de puntos de color, de sombras, hay momentos… no me gusta usar la palabra trance, pero sería casi como un trance, donde siento que estoy dentro del cuadro y que puedo colocar una piedra o un salpicado o un brillo y luego me salgo del cuadro y lo veo y vuelvo a entrar y lo vuelvo a modificar. Es como si fuera una especie de Dios tridimensional, como si yo estuviera allí en tres dimensiones. Es un punto que no se logra siempre, pero es como entrar en un estado zen. Yo no sé si esto suena ridículo, pero es así.

Y siento una satisfacción muy grande, como me ha pasado recientemente con esta exposición, cuando veo entrar a un venezolano que no conozco, que no he visto en mi vida, y que también está aquí en España, y que sin decir ni una palabra se le agüen los ojos al ver un tepuy. Esa es una satisfacción muy grande que también siento al pintar.

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¿Cómo te iniciaste en el montañismo?
¡Me tocaste mi tecla favorita! Mi interés por el montañismo empezó, como en casi todos los montañistas de Venezuela, creo yo, por el Ávila. Subir al Ávila, estar en ese contacto con la naturaleza es algo que o lo amas o lo odias. En mi caso fue lo primero. Del montañismo me atrajo la posibilidad de ver cosas interesantes. Dicen que uno no debe subir montañas para que el mundo te vea subirla, sino para tú ver el mundo desde arriba. Eso te enseña a ser humilde.

Cuando haces cumbres no eres tú el que las conquistas. Son ellas las que te lo permiten. He tenido la oportunidad de ir a Nepal y darme cuenta de la reverencia que siente la gente por su montaña, porque ahí están los dioses. Es la montaña, en femenino, la que decide si tú la vas a subir o no. Entonces eso te enseña a ser humilde y te enseña a prepararte, porque nadie hace una cumbre sin haberse preparado y te enseña a valorar el esfuerzo que tiene cumplir una meta de esas. Por eso es tan gratificante hacer la cumbre. Aunque también he tenido experiencias fantásticas sin hacer cumbre, por algún tema de clima.

La más alta que he hecho es el Chimborazo, en Ecuador, de casi 6300 m. Fue una experiencia mágica, metafísica, porque teníamos el sol justo encima. En ese momento éramos los seres humanos más separados del centro de la tierra. El Chimborazo está más lejos del centro de la tierra que el propio Everest, por estar en la zona ecuatorial.

He estado en Nepal, en el campamento base del Everest. Hice el circuito del Annapurna. En África sí pudimos hacer cumbre en el Kilimanjaro, en Tanzania. En Venezuela, desde luego, el pico Bolívar, el Humboldt, el Bompland, el Toro, el Pan de Azúcar. Los de Mérida prácticamente todos, me falta, creo, el pico La Concha. En Bolivia, el Chaupi Orco. Y por supuesto el Teide, en Tenerife. Apenas el segundo día después de haber llegado a Tenerife subí a pie los muy respetables 3800 m del Teide, aunque tiene teleférico. Es la montaña más alta de España.

Me imagino que te debe hacer muy feliz el poder mezclar las cosas más que te apasionan: el montañismo, la fotografía y la pintura.
Tal cual. ¡No te imaginas lo que es! Es más que mezclar estas cosas. Es que no las puedo separar. Yo siempre bromeo con eso. Para mí es difícil saber si yo soy un montañista de corazón que le gusta tomar fotos o si soy un fotógrafo que le gusta caminar por las montañas. Lo que sí te puedo decir es que me puedes invitar a la montaña, a la que tú quieras, y si no voy con mi cámara creo que prefiero no ir. Incluso desde la época de las cámaras que usaban rollos de película que daban para 24 o 36 fotos cada uno y que había que mandar a revelar después. Desde esa época soy fanático de la fotografía.

No me imagino ir a un lugar exótico o nuevo para mí sin una cámara. Eso para mí es impensable y más ahora, que gracias a la tecnología uno puede, si el equipo tiene suficiente memoria y batería, tomar miles de fotos. Antes tenías que estar contando las fotos porque te podías quedar sin película a mitad de camino.

Desde luego que es apasionante combinar estas dos cosas y añadirle una tercera: la pintura. Hacer la excursión, tomar la foto y pintar el cuadro. Para mí, esa trilogía es una razón para vivir.

¿Se podría decir que estás logrando vivir de tus obras?
Todavía no puedo decir que estoy viviendo del arte, a pesar de que el precio de mi obra es bastante razonable para este mercado. Ninguno de mis cuadros supera por ahora los €3000, tengo algunas de €500 y otras entre 1500 y 2000. Pero por algo se empieza. Yo creo que se revalorizará en el momento oportuno. La covid tampoco ha ayudado. Recuerda que estas islas viven del turismo y el bajón económico para la población, a causa de la pandemia, fue dramático y sabemos que el arte no es algo de primera necesidad.

Sin embargo, he tenido oportunidad de enviar obras a Florida, Estados Unidos, y se han vendido con sorprendente facilidad. Entonces, mi meta es contactar a algún galerista o algún marchante de arte que me ayude a comercializar mis obras fuera de Tenerife. Afortunadamente los envíos internacionales funcionan muy bien desde aquí, ya lo he probado.

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