Carolina Vázquez: “En mi hogar se exaltaba la bienaventuranza de haber nacido mujer”

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Por Katty Salerno

Carolina Vázquez es de hablar suave y dulce, lo que junto a su figura delgada y los largos rizos de su cabello muestran a la mujer femenina que es. Al verla o escucharla por primera vez, nadie adivinaría que es apasionada de la naturaleza y de las emociones intensas: se ha lanzado en paracaídas y se ha metido mar adentro remando un kayak.

Tanto le seducen las emociones fuertes que al terminar el bachillerato quiso ingresar a la escuela de aviación para formarse como piloto. Pero ese mismo año cerraron la admisión para las mujeres, por el tema de la maternidad, y optó por estudiar Psicología en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Hoy se especializa en Psicología Femenina y Perinatal, además de ser doula y fundadora de Aquamater, centro pionero en Venezuela de parto respetado o parto humanizado. Una inclinación que le viene dada, muy probablemente, por influencia del hogar donde nació, en Caracas, el 4 de mayo de 1969.

“Soy la hija mayor de una pareja de padres jóvenes. La mayor de tres hermanas. Si tuviera que definir mi hogar, diría que fue uno que nos permitió ser muy niñas, conservar y cuidar nuestra inocencia. Una infancia vinculada a la naturaleza, a un apartamento con jardín, a una comunidad con parques donde los niños salíamos a jugar, a las patinatas en diciembre.

Quizá esa libertad es lo que alimentó también lo que conservo todavía que es mi pasión por la naturaleza, por el mar, por la montaña. Creo que es algo que quizá vino en mí, pero que además se cultivó en mi infancia y se ha mantenido a lo largo de mi vida.

El mío fue también un hogar de madre cristiana y padre ateo. Por lo tanto, he tenido un espíritu inquieto.  Siento que mi maestra espiritual ha sido la muerte, por ser un misterio en sí misma, y porque me ha conectado con unos niveles de vulnerabilidad y humanidad muy sensibles. La naturaleza también ha sido una maestra espiritual importante para mí”.

¿Hubo algo en tu niñez que determinara tu interés por lo femenino?

Creo que comenzar en un hogar donde éramos cuatro mujeres y solo un hombre ya era todo un desafío. Y luego también vivieron con nosotros dos tías. Yo creo que la psique se forma de esa relación, de estar constantemente compartiendo con mujeres, en mi caso.

Pero aparte de eso, mi papá tenía una particular admiración por la fortaleza de la mujer. Mi papá exaltaba mucho a su madre, quien crio sola a ocho hijos. Entonces, fue una admiración constante de mi papá hacia la mujer. Es decir, tuve un papá muy feminista en el buen sentido de la palabra, en cuanto a la exaltación de las cualidades femeninas. Eso me hizo estar muy orgullosa y satisfecha de lo que era ser mujer.

Por otro lado, mi madre también viene de un hogar de tres mujeres y un solo hermano varón, donde hubo también una naturalidad de lo femenino. Yo no vengo de esos hogares típicos en los que dicen que las mujeres vienen a este mundo a sufrir. Todo lo contrario.

Sin duda alguna, eso debe haber quedado grabado en mí de muchas maneras. Primero, desde ser reconocida como mujer. Ser alabada, honrada, halagada por el hecho de ser mujer. Estoy hablando en este caso por mí, pero fue igual con mis hermanas. Vengo de un hogar donde se exaltaba la bienaventuranza de haber nacido mujer.   

Mi padre murió hace un año, pero ese sigue siendo un tema susceptible y delicado en mí. Hubo un viaje consciente, lo cual no lo prepara a uno para eso, en donde yo sentí que mi gigante, mi titán, se estaba yendo. Él era un hombre extremadamente saludable, amante de la vida, cuidadoso de su salud, de comer sano, de hacer ejercicio. Muchos de los valores que mantengo en mi estilo de vida se lo debo a él, que nos inculcó un culto a la salud en su máxima expresión, desde no comer embutidos ni comida chatarra. Así fuimos criadas nosotras, hasta sin televisor. Todo eso que hablan ahora de la crianza respetuosa, yo tuve la bienaventuranza de haberla vivido en mi infancia.

Como te contaba, papá tuvo primero una neumonía. Luego, al año, le dio un infarto y después otro, que fue el que se lo llevó. Pero pude tener la dicha de que él se fuera con la certeza de cuán amado era por mí y yo me quedé con la certeza de cuán amada era yo por él. Para mí fue el jardinero de mi alma, porque él esculpió, junto con mi mamá, por supuesto, la mujer que yo soy. Por eso yo como psicóloga me considero una jardinera de la psique, porque él fue el jardinero de mi alma.     

¿Cómo ha sido tu experiencia como esposa y madre? Me gustaría que abordaras esto como psicóloga, pero también como mujer, porque supongo que debe ser un tema que te plantean con mucha frecuencia en tu consulta.

Como premisa terapéutica considero, ciertamente, que ser pareja puede ser una experiencia formidable para poner en orden, para sanar, para trascender todas aquellas tareas que nos quedaron pendientes en nuestro hogar primario. El manejo de límites, de normas, la certeza del amor, los códigos del amor… Muchas veces esas primeras parejas nos pueden mostrar las inhabilidades que tenemos en la relación de los iguales, porque no es una figura de autoridad, es una pareja, es un igual.

Cuando decidimos vivir en pareja vamos con la maleta de nuestras heridas. Pero, si lo asumimos así, podemos tener la posibilidad de sanarlas, de trascenderlas, de crecer allí. Puede ser una experiencia maravillosa de madurez emocional y también diría que de madurez espiritual si nos decidimos a vivirla así, porque, como todo, siempre hay una elección de por medio. Cuando uno logra mirar al otro no como depositario de mis limitaciones, sino como un compañero de viaje donde ambos nos podemos acompañar en ese crecimiento, puede que termine siendo una aventura maravillosa. Lo que no la exime de ser algo desafiante, exigente, muy comprometida y de mucha responsabilidad.

Yo, en lo personal, adoro ser pareja. He tenido maravillosas experiencias de ser pareja y me he sentido una mujer muy afortunada. He amado profundamente y me han amado profundamente.

Tengo dos hijos que ya son un hombre y una mujer. Mi hija acaba de cumplir 27 años el 8 de octubre y mi hijo cumplió 22 el 30 de septiembre. Tuve un matrimonio de 14 años. Mi hija se fue hace cinco años del país y mi hijo se fue en enero. Ambos están en Barcelona, España, con su papá.

Luego tuve una relación de pareja de 14 años más. Ahora tengo tres años en los que he elegido vivir mi autonomía, mi soledad, para comprender la metamorfosis de los 50 años, que es lo que viene para este nuevo ciclo de vida.

Y es muy interesante para mí haber escogido a los 49 años terminar la relación que tenía y quedarme sola por primera vez en mi vida, porque siempre había tenido un pretendiente, o un novio, o mi esposo o mi pareja. Ya con 28 años en dos relaciones y muy poquito tiempo entre mi divorcio y mi nueva pareja, pues más de la mitad de mi vida la he pasado con una relación estable.

Entonces, estar ahora en esta soledad elegida, consciente, valorada, desafiante sin duda alguna es maravilloso. Estoy en un proceso de encontrarle más sentido a la pareja e incluso poder dibujar qué sería para mí una pareja a estas alturas de mi vida. Porque yo ya no voy a formar una familia, pues ya la tuve; no es para crecer juntos económicamente porque, bien o mal, ya he logrado conseguir lo que económicamente está bien para mí. ¿Qué lugar ocuparía una pareja que no viene a llenar vacíos ni a sanar heridas pasadas? Pues tengo muchas expectativas imaginando, si me permito ser pareja de nuevo, cómo va a ser esa nueva aventura a esta altura de mi vida.

¿O sea que no estás cerrada a una nueva pareja?

No, no, para nada. Yo me di una pausa. Y por ahora está muy bien esta pausa. De hecho, estoy muy agradecida de poder dármela. Porque además es muy simbólico. Yo nunca había vivido sola. Yo salí de mi casa, como toda chica enamorada, a casarse. Y cuando me divorcié quedé con dos hijos. Luego tuve otra pareja y se acabó esta relación. Se fue mi hija, después se fue mi hijo, y entones me di cuenta de que por primera vez estaba viviendo sola. A qué hora me levanto, qué como, qué no como, qué pongo, qué no pongo… ¡Es una experiencia interesantísima! De hecho, me estoy apropiando de todos los espacios en mi casa.

Estoy gestando este compartir para muchas mujeres adultas que han quedado, sobre todo en Venezuela, con el famoso síndrome del nido vacío. Yo creo que cuando uno resignifica eso más bien es un espacio maravilloso de fidelidad a sí misma, de poder hacer exactamente lo que quiero, como quiero, incluso lo que quería hacer de joven y que no hice. Yo, por ejemplo, me lancé en paracaídas cuando cumplí 50 años. Era algo que siempre había querido hacer. Primero no pude porque no tenía el dinero. Luego, porque ya era mamá y no iba a poner a mis hijos ante el riesgo de quedar huérfanos. ¡Fue una experiencia maravillosa poder hacerlo al fin! Creo que quien tenga la posibilidad, ojalá la pueda vivir de la manera más nutritiva para su alma.

¿Por qué te interesó la carrera de Psicología?

En principio, yo tomé esa decisión desde la frustración al no poder hacer lo que había soñado para mí. Yo lo que quería era ser piloto. Sentía una fascinación enorme por volar. Pero justo en el año en que me gradué de bachiller la escuela de aviación cerró la admisión para las mujeres, por todo el tema de la fertilidad.

Ante eso, comencé a estudiarme el librito del CNU como si fuera un libro de texto, para empaparme de todas las carreras y tratar de decidir cuál me gustaba, porque no veía nada que me interesara. Pensé tres carreras: Psicología, Nutrición y Diseño de Interiores. Pero los padres siempre opinamos en la escogencia de las opciones de nuestros hijos y aunque es solo una opinión, muchas veces uno la toma muy al pie de la letra.

De las tres, la que más me llamaba la atención era la de Diseño de Interiores, pero era una carrera técnica y para esa época lo técnico no era tan honorífico como una licenciatura. Y en mi familia, de origen humilde, nadie había sacado una carrera universitaria. Entonces en vez de imaginar a la hija casándose en un altar los ilusionaba más la idea de verla graduándose en una universidad.

Me decidí por Psicología y la verdad es que desde el primer día que entré a la carrera, la adoré.

Estando en la Escuela de Psicología tuve una disonancia porque yo no veía al ser humano desde la patología. En mí había una concepción optimista del ser humano. Yo quería trabajar con un ser humano sano que quisiera desarrollar habilidades para que su calidad de vida fuese mejor. En la UCV no había esa opción, así que terminé graduándome en mención Industrial. Pero ese mismo año hice mi primera especialización, que fue en Gestalt y su enfoque sistémico en la dimensión familiar. Esta es la corriente humanista dentro de la Psicología. Eso para mí sí era la Psicología. Ahí sí sentí que estaba en las aguas de una mirada potenciadora del bienestar del ser humano a través de la Psicología como herramienta.

Luego, en 1994, llegó la maternidad a mí. Tenía 25 años cuando mi pareja y yo escogimos ser padres. Yo siempre había dicho, quizá por haber nacido en ese hogar femenino, que si llegaba a tener un hijo que me encantaría que fuera una niña y la vida me regaló una niña. Haber vivido el parto de la manera en que lo viví, pues tuve un parto totalmente natural, en agua, sumamente respetado, haber atravesado ese portal con ese nivel de conciencia, fue para mí como una maestría emocional.

Desde ahí me quedé enamorada de las aguas de la maternidad, del poder dador de la vida. Esa fascinación me llevó a estudiar, porque no se quedó en una experiencia personal nada más, el mundo de la psicología femenina y de lo que hoy se llama Psicología Perinatal, que es la psicología de la mujer embarazada, de la mujer en posparto, de todo eso de nacer como mamá y del parto y nacimiento humanizado, parto respetado.

Eso me ha llevado a muchísima formación, a muchos retiros en muchas partes del mundo, hasta el punto de que mi última formación académica es una maestría en Estudios de la Mujer, lo que me permitió llevar esta pasión de 22 años al mundo académico. Para mí la experiencia del nacimiento es una experiencia de empoderamiento si se le permite y si la mujer se llena de coraje y se lo permite ella también.

Parir a mi hija en 1994 en Caracas, Venezuela, bajo la premisa de un parto respetado, fue un hecho casi clandestino. Fue en una pequeña clínica en Santa Mónica que no tenía las condiciones verdaderas para que fuera auténticamente respetado, pero era el espacio que había y yo lo único que quería era un parto natural.

Después de que tuve a mi hija tuve como un insight, una percepción: quedé preñada de un sueño. ¿Por qué no puede existir en Venezuela un lugar donde la mujer pueda parir como ella quiera y que el equipo médico la acompañe? Porque eso era lo que yo quería, que me acompañaran a tener el parto que yo quería tener. Pero sabía que estaba desafiando el status quo médico. Esa sensación interna quedó y a partir de entonces quise nutrir a otras mujeres para que sintieran confianza en el poder del parto natural dentro de su crecimiento como mujeres, dentro de su madurez emocional.

Cuando mi hija cumplió los dos años hice una especialización en dinámicas de grupo ya apuntando específicamente hacia el área de la doula. Comencé a ser doula empíricamente, porque esa formación tampoco se daba aquí en Venezuela en ese momento.

Entonces yo siento que en el momento en el que nací como mamá también nací como doula.  La doula no es más que una mujer, ojalá, con una muy buena experiencia en su propia maternidad y con una capacitación de dar contención, cobijo y consuelo, incluyendo protección, a la mujer que está gestando, la que está pariendo y la que está en período postparto.     

¿Qué diferencia estableces entre lo femenino y el feminismo? ¿Te consideras feminista también?

Yo soy muy cuidadosa de las etiquetas, de todas las etiquetas. Siento que las etiquetas nos generan miopía. Yo soy esto o yo soy aquello… Es como que el ser humano se reduce a la etiqueta. Cuando en espacios académicos o cuando en espacios formales, por llamarlos de alguna manera, pides que haya una postura, yo podría decir que soy ecofeminista maternalista.

El ecofeminismo es un movimiento social que exalta las cualidades femeninas por nuestra propia feminidad. De alguna manera, tanto el feminismo de la diferencia como el feminismo de la igualdad llevan al ámbito político-social y, en ese ámbito, está claro, hay una desigualdad. Hay un montón de beneficios mayores para los hombres sobre las mujeres.

Yo honro y agradezco a todas las mujeres que nos han dado derechos hoy a nosotras. Mujeres que han tenido un camino muy duro, arduo, difícil. Y siguen existiendo muchísimas mujeres en el mundo que siguen trabajando con comunidades de mujeres muy vulneradas. Por lo tanto, no voy a criticar ni voy a cuestionar ningún tipo de feminismo. Respeto sus maneras como también pido que respeten las mías.

El ecofeminismo nos hace muy cercanas a la naturaleza. Sí, somos como la naturaleza: somos cambiantes, somos fértiles, somos cíclicas. Así es la naturaleza. ¿Qué ha hecho este sistema socio-político? El hombre, como género masculino, se ha hecho dueño de la tierra y la explota. Y la mujer, al parecerse a la naturaleza, también ha pasado a ser propiedad del hombre.

El movimiento ecofeminista dice lo contrario: mientras más me reconcilio con mi propia naturaleza, más me empodero. Cuando yo sé que menstrúo y estoy en paz con mi menstruación y conozco mi cuerpo y honro mi cuerpo, eso me da bienestar y ese bienestar me permite ocupar un lugar social diferente a cuando me victimizo por mis condiciones femeninas – como soy mujer, no puedo hacer esto o aquello – o cuando yo misma denigro de mis condiciones femeninas – ¡qué fastidio la menstruación!

¿Por qué, si la menstruación es una condición biológica que tenemos? ¡Cuánta sabiduría implícita hay en esa condición! Hoy en día la neurociencia ha demostrado cómo se modifica el cerebro de la mujer cuando está menstruando. En ese momento hay mayor necesidad de hablar, no es que somos locas ni somos lunáticas. Muchas de esas cosas las está develando la ciencia actual. Entonces, es un regreso a la naturaleza por paralelismo.

Cuando yo le pongo el apellido maternalista, por eso hablo de ecofeminismo maternalista, es porque para mí elegir ser madre o no es un portal iniciático. Si lo vemos como una maestría, es una vivencia que te va a transformar en sí misma, elijas lo que elijas. Si eliges conscientemente no ser madre, o eliges ser madre, igual viene un proceso de transformación importante en tu vida.

Yo sí creo que la maternidad empodera y creo que la maternidad nos da inteligencia emocional e inteligencia espiritual. Hoy en día la ciencia valida todas las modificaciones cerebrales, neuronales, funcionales que tenemos cuando somos madres. Yo lo que propongo es que tengamos conciencia de ello para hacer el mejor y el más optimo uso de cada uno de esos cambios y no como ha pasado, incluso con la menstruación, que pareciera un calvario o un maleficio.   

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Desde ese enfoque ¿qué posición tienes con respecto al aborto? Hace poco hubo una manifestación a favor de la legalización del aborto en Venezuela.

Desde mi trabajo en psicoecología femenina, una de las cosas que más procuro trabajar con las mujeres entre los 14 y 21 años es el desarrollo pleno de su autonomía sexual, para que desde esa autonomía que las lleva a la realización sexual decidan conscientemente cuándo quieren ser madres. Siempre puede haber algún tipo de accidente, pero la propuesta es que la elección de ser madre o no sea parte de una realización, no de un accidente y menos de una presión social. Antes de llegar al aborto, creo que esta sociedad necesita seguir fomentando una auténtica autonomía sexual en las mujeres.

En cuanto al tema del aborto, yo, desde mi libre pensamiento, y habiendo sido criada, como te dije, en un hogar mixto entre ateo y cristiano, no creo en el pecado según la concepción clásica, pero sí creo en el libre albedrío. Creo que la maternidad tiene que nacer del libre y pleno albedrío de la mujer. Así que ante un escenario de un embarazo accidental y más aún si fuera un embarazo producto de la violencia, creo que toda mujer debe tener libre albedrío para decidir si quiere o no continuar con ese embarazo.      

¿Qué te apasiona?

Te respondo a esto desde esta encrucijada de vida en que me encuentro en este momento, donde estoy recalibrando mi brújula. Hay pasiones que me llenaron mucho, que ya no están. Sin duda, me estoy peguntando todos los días qué me apasiona.

La maternidad me apasiona. Esta otra hija que es mi tercera hija y que ya tiene 22 años, que se llama Aquamater, me apasiona. Me apasiona que cada mujer pueda hacer realidad el parto que ella añora, el que más anhela en su alma. Yo me puedo desvivir horas acompañando a una mujer para que esculpa su espíritu y todo su ser para hacer realidad ese sueño.

Me apasionan los bebés. Yo creo que el poderles proveer un nacimiento tierno, que la primera vez que se toque a ese ser humano sea con gentileza, con ternura, con amabilidad y que quede grabado esa impronta en esa alma, es como una misión trascendental que llena profundamente mi existencia.

Me apasiona la transformación del ser humano.  El autoconocernos, explorar nuestra condición humana y procurar vivir con la máxima conciencia de nuestras sombras y nuestras luces para hacer el mejor uso de nuestras vidas.

Me apasiona profundamente todo lo que tenga que ver con la naturaleza, todo, todo. Eso me llena profundamente, le da sentido a mi vida.

¿Qué cosas haces cotidianamente para acercarte a la naturaleza, en esta ciudad donde a veces no es tan fácil la vida?

Yo tengo una relación cotidiana, diaria, con el Ávila. Siempre estoy pendiente de cómo está ella. Es un magnetismo muy particular que tengo con ella. Ver el amanecer, qué color va tomando el Ávila, ya eso para mí es un contacto cotidiano con la naturaleza.  Yo me levanto muy temprano, a las 5 por lo general ya estoy despierta. O antes, si estoy haciendo cuaresma o trabajo de meditación.

¿Qué tipo de meditación practicas?

Yo estoy haciendo meditación zazen (o meditación zen) desde 1992.  Pero ha sido intermitente, porque hay periodos, por ejemplo, cuando eres mamá, que no puedes tomarte el tiempo para meditar. Lo otro que para mí es bien interesante es que meditación no necesariamente es lo que esta sociedad ha estipulado, como eso de sentarse en una determinada posición.

Yo creo que las mujeres tenemos nuestras propias maneras de llegar a estados meditativos. Nosotras podemos escribir y estar en un estado meditativo, por ejemplo. Podemos limpiar y estar en un estado meditativo, si lo vemos desde una conciencia mística de que no estoy simplemente pasando una escoba, sino que estoy limpiando el hogar en donde mi alma quiere estar en paz y esa limpieza me da bienestar. Nosotras podemos meditar haciendo jardinería, que es otra manera a través de la cual yo me vinculo con la naturaleza. Tengo muchísimas matas en mi apartamento y ver sus flores, conocerlas y aprender de ellas para mí es maravilloso y es también un estado meditativo.

Para muchas de mis pacientes cocinar es un estado meditativo, no solamente cocinar para otros, sino para sí mismas, cómo cortan los alimentos, cómo los combinan. Entonces hoy aúpo a las mujeres a que descubran cuáles son esas experiencias que les permiten sentirse profundamente liberadas, profundamente aliviadas, en paz consigo mismas.

Yo particularmente siento que alcanzo esos estados al estar en el mar o frente al mar. Si el mar está sereno me puedo quedar adentro dos o tres horas. O caminar por la orilla con una pregunta, cual meditación, hasta que encuentre la respuesta que estoy buscando en ese momento. Para mí, en lo personal, y para muchas mujeres y para algunas de las que están dentro de la corriente de la psicología ecológica, el contacto con la naturaleza puede ser una de las más potentes meditaciones.    

Y ahora que hablas de escribir, que veo que es algo que te gusta mucho hacer, quisiera saber si lo haces como un ejercicio de conexión contigo misma o si tienes algún interés literario. ¿Algún libro en mente?

Más bien es algo intuitivo. Yo tengo guardados los diarios que escribía desde que tenía 15 años. Hoy como psicóloga puedo darme cuenta de que para mí escribir siempre ha sido una experiencia de catarsis. Es la manera de escucharme y releerme a mí misma. Así fui comprendiendo que estos diarios tienen para mi vida mucho más significado de lo que yo misma tenía conciencia. Tengo cajones llenos de cuadernos escritos de mis experiencias en retiros, de mis formaciones, de libros que he leído. Siempre que leo un libro lo hago con un cuaderno al lado, para ir anotando mis reflexiones, lo que me resuena.  

Esos cuadernos ya casi no se pueden leer porque me gusta escribir con grafito, no con bolígrafo, y escribía muy clarito. Y ahora con la presbicia no los puedo leer ni con lentes (risas). Con la tecnología comprendí que todo eso que está en esos diarios lo puedo llevar al universo de las redes sociales y la receptividad que he tenido de la gente me resulta muy inspirador. Entonces le he encontrado el gusto a escribir por la trascendencia que esos mensajes tienen en la gente, ya no es solo un dialogo interior. Nunca he tenido un interés literario, o escribir un libro, aunque me lo han propuesto varias veces. Quizá mas adelante, cuando mi vida esté un poco más ordenada y no en este caos creativo en el que estoy ahorita.

¿Y quieres ser abuela?

Yo soy abuela de una cuatro patas, que es la perra de la familia y que al final se la quedó mi hija. Siempre que le decían “busca a la abuela”, ella salía corriendo y me buscaba a mí. Así que ya soy abuela (risas).

Siento que, quizá, primero me hará abuela alguno de esos seres que yo ayudé a traer al mundo como doula, antes que mis propios hijos. Mis hijos son dos espíritus muy libres. Mi hija acaba de quedar en tercer lugar en la Copa Mundial de Tenis de Playa que se disputó hace una semana en Sao Paulo, Brasil. Es una deportista de alto rendimiento. Desde que se fue a Barcelona se ha dedicado exclusivamente al mundo del deporte. Y yo sé, por haber atendido a tantas mujeres, que es difícil poner la maternidad como una prioridad cuando se es deportista y se quiere mantener un ranking.

Mi hijo me dijo que, si decide ser papá, será después de los 30 años. Así que me tengo que sentar a hacer muchas cosas con mi vida antes de que me hagan abuela.

Además, yo fomento mucho la autonomía. Si yo soy bienvenida en sus vidas, ahí estaré. Pero si no, no seré una intrusa. En eso estoy muy clara.

Mi desafío en este momento es comprender cuáles son las vivencias que quiero para mí, más que las de mis hijos, para yo seguir cumpliendo los ciclos de la vida. Yo no sé si ellos van a escoger ser mamá y papá. Siento que sería una experiencia maravillosa la de ser abuela, pero no tengo expectativas sobre eso. Mas bien mis expectativas están en qué uso voy a hacer de mi vida mientras sienta que tengo salud, mientras sienta que tengo pasión, mientras sienta que tengo ilusión, es como vivir intensamente esta fase.

Posiblemente el ser abuela me llevaría a estar al servicio de otros y yo ahorita estoy poniéndome de primera en la fila. Las cosas que hago las hago por mí y para mí y no tanto por los otros. La psiquis femenina es algo difícil de entender. Siempre estamos pendientes de todo el mundo y después es que estamos pendientes de nosotras. Entonces, mira, si llega, bienvenido, me lo voy a disfrutar. Seguramente va a ser un complemento rico de este periodo de mi vida. Pero sin duda alguna yo quiero saber qué quiero hacer con este ciclo que tengo adelante antes de que llegue la vejez.

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