El 27 de octubre de 1922 nació Carlos Andrés Pérez Rodríguez
Carlos Andrés Pérez Rodríguez nació el 27 de octubre de 1922

Un día con Carlos Andrés Pérez

7 minutos de lectura

Terminado mi post grado en la UCAB en 1992, inmediatamente comencé a impartir clases de Macroeconomía en la Universidad Metropolitana. Para el año 1994 inicié junto al profesor Maxim Ross, una de las experiencias más bonitas de mi vida: la Cátedra de Economía Venezolana.

Academia Nacional de Ciencias Económicas

Se trataba de la primera materia electiva abierta para todas las carreras que se ofrecían en la universidad, y como su nombre lo indica, versaba sobre la historia, el desarrollo y las particularidades de la ciencia económica en nuestro país. La primera vez se preinscribieron unos 50 alumnos, y ya en la segunda oportunidad lo hicieron más de 200, aunque solo asignáramos 35 cupos. Tenía una dinámica poco usual. El mismo hecho de que dos profesores, con ideas distintas en algunos tópicos la dirigieran, era de suyo un experimento inédito. Adicionalmente, se invitaban a conferencistas, economistas, historiadores de primera línea que mucho podrían aportar a un enfoque práctico que, era de todo, menos aburrido.

La labor pedagógica –que nunca ha pagado el sempiterno cachito de jamón que me comía antes de iniciar clases- la compartía con mi trabajo en el sector financiero. Para entonces era un joven Gerente en Finalven (una exitosa sociedad financiera) con un ajetreado y demandante trabajo. En la mañana de un día cualquiera leí en un periódico, que al Presidente Pérez le habían dado casa por cárcel y que saldría de su prisión de El Junquito a su residencia “La Ahumada”, en Oripoto, municipio El Hatillo. CAP había sido defenestrado y suspendido del cargo como Presidente el 21 de mayo de 1993 y “destituido” por el Congreso Nacional de entonces, el 30 de agosto del mismo año, en una componenda ruin, cuando apenas faltaban cuatro meses para el fin de su mandato. El complot y la sevicia pocas veces fueron más evidentes.

Ese día se me ocurrió que sería una extraordinaria experiencia, tanto para los alumnos como para los profesores, escuchar al Presidente Pérez. Esa noche en clases se me ocurrió comentar la idea, pensando yo que me la estaba comiendo, y que los muchachos casi me aplaudirían, pero en segundos pude comprobar la cara de tedio, de fastidio, casi de asco con la que me vieron. Recuerdo que uno de ellos se llevó el dedo índice a la boca como si quisiera provocarse el vómito. Era entendible. Muchos de sus padres celebraron con champaña el día que lo sacaron de la presidencia, y en sus cerebros estaba implantada la idea que era CAP el culpable de todos los problemas. Basta decir que hasta Maxim me vio con cara de “con este loquito comparto una Cátedra”.

Pero me monté en el plan. Aprovechándome de mi amistad con el brillante, admirado y también defenestrado exministro de Cordiplán y del Banco Central de Venezuela (BCV), doctor Miguel Rodríguez, conseguí el teléfono de la asistente personal del Presidente. La llamé, le transmití mi idea y muy amablemente me indicó que se lo comentaría. Además, me dijo, por lo mucho que lo conocía veía una alta probabilidad de que aceptara. Hice mi trabajo. Sin mayores expectativas proseguí con mis labores cotidianas.

Debo parar el relato un instante para introducir aquí a un compadre alias “el gordo” devenido hoy en “arepólogo”, que toda su vida ha sido un gran jodedor, que siempre me llamaba al trabajo justo cuando más tareas tenía o cuando la presión por cumplir las metas era más agobiante. No por casualidad llamaba el día de cierre de mes (cualquier banquero sabe lo que eso significa), pero, además, lo hacía imitando a distintos personajes. Entenderán cómo eran mis reacciones cada vez que recibía esas llamadas en medio del vaporón.

Debía ser el último día del mes de octubre o de noviembre de 1994, cuando mi secretaria me pasó una llamada diciéndome: «doctor, lo llama el presidente Pérez». Por supuesto, automáticamente pensé que se trataba de “el gordo”. El diálogo fue más o menos así:

-Aló. ¿Qué pasó pendejo?

-Disculpe Profesor, le habla el Presidente Pérez.

-Coñ… gordo, estoy en pleno cierre. Ve a que te… No me jodas, estoy full ocupado.

-Profesor, insistió, le habla el presidente Pérez.

Fue allí, en fracciones de segundos, que caí en cuenta de la animalada que había cometido. Se trataba del mismísimo presidente Carlos Andrés Pérez, llamando a este humilde profesor que no sabía cómo remediar la gran torpeza cometida, involuntaria, desde luego. Así, en medio de la vergüenza, con la camisa enchumbada de sudor, y haciendo un enorme esfuerzo por recomponerme para que me saliera la voz, proseguí:

-Disculpe, presidente Pérez. Es que tengo un amigo que lo imita tal cual y realmente nunca pensé que se trataba de usted.

Riéndose a carcajadas y con un gesto que le agradeceré eternamente, respondió:

-No se preocupe profesor, eso me pasa a cada rato.

27 de octubre de 1922 - Nace Carlos Andrés Pérez
27 de octubre de 1922 – Nace Carlos Andrés Pérez

Aceptó. Más aún, me agradeció que en un momento tan duro como el que estaba pasando, le visitara con un salón de clases lleno de muchachos jóvenes. Recalcó que para él sería un enorme gusto, que le haría mucho bien ver rostros sonrientes y reiteró su agradecimiento. Colgué. Mi cara de ponchado debió haber sido un poema. Tanto, que mi secretaria salió disparada a prepararme, no recuerdo si un té de camomila, una valeriana o algo por el estilo. Cuando me recompuse, obviamente llamé al gordo. Cuatro palabras salieron de mi boca. Solo cuatro, pero que decían mucho más que todo lo que habría podido explicar, un sonoro: ¡CDTM!

Volví a clases. Esta vez impuse autoridad. Casi obligué a los alumnos a asistir, no recuerdo bajo qué tipo de amenazas. Maxim me seguía viendo con cara de loco. Coordiné la logística para el traslado la tarde pactada. Seguía convenciendo a los muchachos de la oportunidad de conversar con un expresidente, pero volví a encontrarme con la cara de asco, los gestos de fastidio y el mismo muchacho con el dedo índice introduciéndolo en su boca. No importa. Había que hacerlo.

Llegamos todos a “La ahumada” a las 3:00 p.m. según lo acordado. Todos, menos Maxim que se excusó. Recuerdo haber comprado 40 cachitos –los de la cantina que devoraba antes de cada clase- y unos refrescos, pues por más presidente que fuera, no podía llegar con 35 muchachos con las manos vacías.

Pasamos a un jardín y la asistente que había contestado mi llamada, me recibió afectuosamente, solicitándome luego que esperara al personaje unos minutos, porque estaba siendo entrevistado vía telefónica por CNN. Allí esperamos. Algo de frío, algo de neblina que hacía juego con el nombre de la casa. Al rato se acercó vestido con el más elegante flux y corbata, me dio un fuerte apretón de manos, preguntó enseguida si era familia del Dr Julio Márquez Olivares (mi padre) quien sirvió en el Ministerio de Sanidad en sus dos administraciones y terminó enviándole saludos al gordo…

Inmediatamente pasó a saludar y darle la mano a cada uno de los 35 muchachos –sí, es cierto, no faltó ni el muchacho del dedo índice- y casi de manera protocolar preguntaba el nombre a cada uno.

Pasamos al trasfondo del jardín, donde había dispuestas una mesa con las 35 sillas, me invitó cordialmente a compartir la mesa y comenzó un repaso muy autocrítico, impregnado de cierto tono melancólico, más por lo que no pudo lograr que por lo que hizo. No hubo una palabra de odio hacia sus adversarios. Ni una ofensa.

Basó su charla en sus errores y desaciertos, pero insuflando a la vez a su pequeña audiencia, un aire de optimismo tímido para los que debían asumir el cambio en los siguientes años. Habló de los peligros que se cernían sobre la democracia, del papel de los jóvenes en la Venezuela que se venía, y siempre con un tono sincero y humano que deslumbró a los muchachos. Podría extenderme sobre el contenido de sus palabras, pero me quedo más con las caras de los muchachos que sintieron –junto a su profesor- haber vivido una experiencia fantástica junto a un hombre que será recordado como uno de los protagonistas del siglo XX venezolano.

Una última anécdota.

Cuando culminó su charla y entramos a la acostumbrada ronda de preguntas, sucedió que una de las muchachas, quizás la más linda y extrovertida, se levantó e hizo su planteamiento. Su respuesta inició con un sutil “lo que pasa Anne Marie es que…”. De inmediato pensé que era un recurso retórico, que se había aprendido el nombre de la niña para impresionar, y vaya si lo había logrado. Pero no.

Prosiguió con “lo que pasa, Gustavo Jose” o “sabes Luis Ernesto…”. Respondió con su nombre hasta al muchacho del dedo índice – confieso que jamás aprendí su nombre- y estoy seguro de que cambió para siempre la percepción que ellos tenían del expresidente. Lo sé porque al salir de la Quinta La Ahumada, me invitaron a un bar en El Hatillo y me dieron las gracias por una experiencia única, enriquecedora y que nunca olvidarían.

Para el siguiente semestre se preinscribieron más de 400 alumnos.

Julio Márquez Belloube

Curadas / Vía Jesús Peñalver

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20 Comments

  1. Excelente y porque no, nostalgico. Ibamos camino a un futuro prometedor, pero… intereses y egolatrias lo destruyeron.

  2. Excelente reportaje!! Hay que escudriñar en todos los rincones de la historia, porque de acuerdo a lo que hizo la justicia en su momento fue una verdadera injusticia. Plagada de vicios y violatoria de Derechos Constitucionales.

  3. Agradezco que hayan publicado tan conmovedora anécdota. La historia contemporánea se hace con retazos vividos por protagonistas. Siendo muy joven conocí a CAP y mantuvimos una relación de eventuales saludos, críticas y condicionamientas, las dos últimas de mi parte. Hoy pretendo escribir mi retazo de historia, no sé si puede ser en su espacio. Ustedes díganme

  4. Excelente reportaje!
    Documentarnos con esta historia tan interesante , siempre aportando conocimientos y aprendizajes, admirado Jefe JMB
    Saludos .

  5. Que experiencia !!!Te felicito Julio, por haber logrado que esos muchachos de entonces, conocieran a un personaje tan importante de nuestra golpeada Democracia.

  6. …..pasé toda mi adolescencia oyendo lo críticos que eran con las políticas de CAP y cuando tuve la oportunidad de conocerlo en 30 minutos me di cuenta lo equivocado que estaba, por lo gran persona, estadista y político que era…..Mis respetos a Julio Márquez por tan excelente artículo y al difunto expresidente CAP.

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