NOS HUNDIMOS, PERO YO OIGO MÚSICA
Desde mi infancia he sido buen lector porque antes de los once años recuerdo haber abierto en la sala de mi casa la vitrina que atesoraba novelas españolas del siglo 19 y las devoré sin entenderlas solo porque me gustaba el sonido de los adjetivos y la sintaxis de sus largos párrafos; además, mi mamá en lugar de narrarme historias de hadas y bosques petrificados me contaba, ajustados a mi edad, lo que le ocurría a los personajes de los libros que leía, y leía a Flaubert, a Stendhal, a Balzac y disfrutaba también con los folletines de Xavier de Montepin. Era una sifrina, a su manera..
Siendo niño yo era amigo de Cordelia, la hija del Rey Lear y conocí a Hamlet y a la pobre Desdémona y quise saber cómo enfrentó Don Quijote a unos molinos de viento, pero la esperada muerte de mi mamá lo impidió.

Leía, pero no sabía escribir lo que veía o me acontecía o era muy torpe al querer hacerlo y tuve que esperar mi primer viaje adolescente a París cuando fui a estudiar leyes y deserté de la antigua y ridícula Sorbona y entré a la Cinémathèque française que era entrar también en el cine.
En todo momento me acompañó la Providencia porque aprendí a escribir, gracias a Adriano González León, a Luis García Morales y Elisa Lerner, mis amigos del Liceo Fermín Toro y dos años más tarde con Salvador Garmendia y el grupo Sardio. Elisa aún no había escrito una línea y yo dije que era ya una escritora porque yo también lo era, sin saberlo.
No es que me enseñaran escolarmente con papel y papel, sino que mientras conversábamos sobre asuntos diversos, generalmente sobre libros y autores, era tan radiante y de tan alta fascinación escucharlos que resultaba una verdadera lección de escritura. Adriano era dueño de un olfato literario excepcional y una asombrosa cultura a la vez que dominaba la lectura y se extendía en comentarios de muy alto nivel. Salvador no solo nos maravilló con la suprema calidad de su prosa, sino que dulcificó y enriqueció nuestro espíritu con su conversación que también parecía una nueva escritura y fue más que suficiente que García Morales escribiera El río siempre para reconocerme hijo de las aguas del portentoso Orinoco.
Y casi sin darme cuenta comencé a escribir sobre cine y Rubén Monasterio sobre teatro y nos llamaban «come vidrios» porque eran críticas malvadas e implacables.
Pero fue surgiendo un problema que me exigía solución inmediata. ¿Cómo expresar en palabras la belleza visual de determinada secuencia cinematográfica? Descubrí que tenía que perfeccionar mi propio idioma, enriquecerlo, pulirlo, estudiarlo cuidadosamente… ¡y me hice escritor! Quiero decir: ¡el cine me hizo escritor! Pero supe que era escritor cuando advertí o descubrí que había música detrás de las palabras, una música inaudible que solo yo puedo escuchar.

Perdonen mi altivez, pero es lo que ocurría con Flaubert. ¡Le costaba escribir!. Le escribía a Louise Collet: «¡qué milagro sería para mí aunque solo fueran dos páginas en un día cuando apenas hago tres por semana» y en otra ocasión le confesó: «¿Sabes cuántas páginas he escrito desde finales de agosto? ¡Sesenta y cinco! Anteayer lo releí todo y me quedé aterrado de lo poco que es y del tiempo que me ha llevado (no cuento el esfuerzo)».
Leía en voz alta lo que escribía y cuando sentía que algo fallaba en lo que escuchaba era porque una palabra estaba mal empleada y se atormentaba buscando sustituirla por la que él llamaba «le mot juste.»
Y es lo que me ocurre a menudo y tengo a la mano dos o tres volúmenes de sinónimos que me ayudan a no repetir una determinada palabra en un mismo párrafo. Sin embargo, en lugar de infusión tomamos té de manzanilla o té de té. El país habla mal: «¡Secretario, sírvase dar lectura al Acta!» y el funcionario comienza a leer veloz y atropelladamente porque ignora que existen puntos ortográficos que protegen y orientan el discurso.

¡Conozco poetas que leen mal sus propios versos! El país escribe enrevesado, Maduro se la pasa diciendo disparates y en el Ministerio de la Cultura hay alguien que no sabe leer ni escribir y bajo el régimen militar mis vecinos creen que van hacia allá cuando en verdad vienen hacia acá, es decir que se mueven ¡p´allá y p´acá!
Estos son tiempos en los que se lee poco y los libros no van a ninguna parte, permanecen inmóviles en la estanterías y solo se mueve el suelo del país donde creemos vivir, o en el que sobrevivimos o porque se está hundiendo y sigue p´abajo.
¡Pero yo me mantengo empeñado en leer y en creerme escritor porque digo que solo yo oigo una música que se oculta detrás de las palabras y los que me escuchan se asombran y lo creen porque como yo creen también en la belleza de lo imposible!

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