Paris como aula – por Rodolfo Izaguirre

PARÍS COMO AULA

Intensa y decididamente juvenil me enfrenté a la célebre y venerada Sorbona en Paris, la universidad parisina en la que me inscribí a comienzos de los años cincuenta del pasado siglo para estudiar leyes en su École du Droit.

Desde la pueblerina y encantadora Caraca, París se irradiaba a sí misma en la gloria que siempre es y la Sorbona se alzaba orgullosa como la gran universidad que se jactaba de ser. Pero no encontré que lo fuera porque contrariamente me pareció sabia pero anciana y polvorienta, casi medieval, atrasada pedagógicamente. Yo venía de un país que apenas estaba conociendo el agua y con universidades que aprendían a serlo y me encontré con un muro de respetable, pero desajustada antigüedad. No pude resistirlo y deserté.

El camino que iba desde mi cuarto de estudiante a la École du Droit pasaba por la Cinematheque Francaise y un día, en lugar de seguir hacia la Universidad, crucé mi propio destino, entré a la Cinemateca y quedé deslumbrado por las maquetas de George Melies, de los selenitas y las viejas películas danesas o alemanas y nunca salí de allí porque entonces no sabía que me iba tocar dirigir durante largos y cautivadores años la Cinemateca venezolana. En todo caso, escribí a mi familia contando mi deserción universitaria y me dijeron:

«¡Busque qué hacer!»

Entonces hice lo que tenía que hacer: convertí a Paris en un aula mucho más atractiva que la de aquel viejo y polvoriento auditorio de la Escuela de derecho. Nunca leí tanto como entonces, pasaba horas en las calles, iba a conciertos, todos los domingos, escuchaba a Marcel Dupré  tocar el Órgano en Notre Dame y vivía prácticamente en los museos. Conocí París, es decir, conocí sus puentes y arrondissement; frecuenté a los surrealistas, sabía los nombres de sus diarios y revistas. Me sentía en la gloria.

Pero también estaba este otro mundo cotidiano: conocí a dos venezolanos muy singulares, ambos dominados por el alcohol. Uno, destacado alumno de Medicina que disfrutaba enviándole cartas sin remitente a José Luis Salcedo Bastardo, entonces embajador de Venezuela en Londres, solo para poner una coma después del primer apellido.

El otro, me advertía constantemente sobre las atrocidades de Stalin y yo lo acusaba de ser agente de la Cía. Sostenía, además que el número de muertos en la  batalla de Carabobo no superaba al de un accidente  de Panam. Pero también veía a Jesús Soto con su guitarra y al negro Narciso Debourg con su bongó camino del local donde hacían música para sobrevivir y el retorcido sujeto que ponía una coma después del apellido Salcedo, al verlo pasar le gritaba:

«¿Narciso, vas a poner un telegrama?» y conocí a un muchacho venezolano que llevaba seis meses en París que me dijo que le iba bien, pero tenía un grave problema con el passé composé.

Conocí a gente que luego se hizo famosa. Farah Diba, por ejemplo, una chica encantadora, bella y rica, que terminó convertida en emperatriz de Irán. Inicié y terminé de inmediato un romance con una chica que decía ser estudiante de Historia, pero no sabía que en Venezuela se hablaba español. ¿No eres estudiante de historia? le pregunté alarmado. «¡Es que queda muy lejos!», respondió.

Y yo creía que estando en París me encontraba en la cima del mundo.

Rodolfo Izaguirre

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