Ser victima de un país – por Rodolfo Izaguirre

SER VÍCTIMA DE UN PAÍS

Vive en nosotros la angustia de no ser en verdad quienes somos y la pesadumbre de no ser dueños de nuestro propio destino. Tampoco lo es el país que nos ve nacer entre oprobios autoritarios y débiles  democracias vacilantes; un país que anhela ser moderno pero sigue siendo primitivo, a pesar suyo. Devastado a lo largo del siglo XIX por rivalidades políticas entre ásperos caudillos y una dictadura de más de veinte años y otras dos en el siglo XX y lo que va del XXI.

Pero igual ocurre a lugares que alguna vez compartieron nuestras alegrías y emociones. En mi caso, el litoral vecino a Caracas, víctima reciente de un deslave catastrófico marcado por el naciente chavismo, que de igual manera iba a arruinar al país y un terremoto convertido en dos que dejaría vidas bajo escombros en lugares venerados como La Guaira o Caraballeda.

Buena parte de mi vida caraqueña recorrió plácida y encantada mirando al mar, siempre igual a sí mismo como si me estuviera mirándome al espejo. Macuto era el balneario favorito de los caraqueños y yo era uno de sus fervorosos visitantes.

Me gustó la permanente brisa salada del mar y llegué a conocer las imponentes estructuras del balneario levantadas por una sabia y monumental arquitectura; me deleitaba con los helados Tomaselli y las célebres cocadas que servían al lado de la plaza de las palomas y veía la Guzmania, la casa presidencial al fondo de la Plaza y el famoso Hotel Alemania con el mesonero que atraía la atención de los huéspedes porque los atendía llevando el servicio en platos que sostenía en uno de sus brazos y aún se activaba el Hotel Miramar diseñado en 1928 por Alejandro Chataing, hoy en estado de abandono y ruina como la memoria que mantengo de los lugares y ofrecimientos de aquel Macuto que perdió para siempre el encanto que mantuvo con sus almendrones de Jamaica plantados frente al mar y la urbanización Álamo que lo precedía.

También fue en Macuto donde mi mujer Belén, por primera y única vez en su vida, dio la razón al policía que evitó que mi hijo Rházil, a temprana edad, pudiera atropellar a alguien con su bicicleta en el balneario totalmente peatonal. Pero fue también en Macuto y en ese enfrentamiento con el policía, cuando Belén comenzó a convertirse en Àguila y en Relámpago.

No podré olvidar al restaurant Las Quince Letras porque son quince las de su nombre y quince las agresivas letras de «el coño de tu madre«, y en su cercanía estaba el Castillete de Juanita y Armando Reverón, a quien vi una vez disfrazado de torero y me pareció que estaba burlándose de todos nosotros.

Vi a Rómulo Betancourt, vestido de blanco y con una pipa en la boca, pasear acompañado de alguien, pero sin escolta por el malecón de Macuto y recordaré siempre a Quintín Longa, el célebre salvavidas.

Fui y pasé varios días en Los Caracas, un estupendo lugar vacacional creado por Pérez Jiménez, pero jamás volví a saber de tan extraordinario lugar. Tampoco puedo olvidar las sucesivas veces que me tocó estar en el aeropuerto de Maiquetía y las veces que lo vi modernizarse- También recuerdo el momento en el que siendo muy joven y mientras caía la tarde, mencioné el nombre del enlutado Blas Pascal a mi asombrado y envejecido tío Jesús María. 

En el documental que hizo Manuel de Pedro «Juan Vicente Gómez y su época» (1975) el anciano dictador en el Hotel Miramar mira a un grupo de jóvenes bañándose en el mar y en la mirada del Benemérito vi que toma conciencia de que su tiempo se estaba terminando.

Mis hermanos médicos aconsejaron que Macuto era el sitio que convenía a la avanzada edad de mi impresentable padre y cuando sin muchas ganas fui a visitarlo le pregunté cómo veía a Macuto y me contestó que veía a mucha «gente de autobús».

Ocasionalmente, yo disfrutaba de las atenciones de alguno de los costosos clubes del litoral. En uno de ellos, inexplicablemente, el vigilante impidió que Rolando Peña entrara a la Fuente de Soda en traje de baño. ¡Rolando se lo quitó y entró al lugar!

Todo esto ha quedado sin aire o semi perdido en mi memoria. Son lugares y acontecimientos que yacen bajo los escombros del tiempo, pero también de las sucesivas catástrofes, deslaves y terremotos que acabaron con muchas vidas y con la Mansión Charaima y sus tres ambiciosos pisos adicionales.

Hoy, Catia la Mar, Caraballeda, La Guaira son espacios en los que vive el dolor y con ellos también el sufrimiento de mi país porque persistirán durante mucho tiempo el espanto, la muerte y mi propia agonía.

Rodolfo Izaguirre

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