El tesoro bibliográfico de Gisela Capellín – por Rodolfo Izaguirre

Protegido durante semanas por un sobre de intensa blancura estuvo el libro en mi escritorio sin que me animara a verlo y tocarlo, porque ya lo había visto de lejos cuando Gisela Capellín lo mostró en un hermoso acto al aire libre en las cercanías de la Librería Kalalathos en Los Galpones.

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Bela Lugosi y la imposibilidad de conocerme – por Rodolfo Izaguirre

Me conmoví cuando mi hija Valentina, que vive en Los Ángeles, me mostró la foto de una despejada área del cementerio en la que aparece intacta, en el centro, la tumba de Bela Lugosi un personaje del cine que respeto porque en el momento en que nací, justo en el año que me trajo al mundo

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Inventé mi silencio – por Rodolfo Izaguirre

Cuando Belén dejó para siempre la quinta Nancy y los empleados de la funeraria bajaron por las escaleras su cuerpo aniquilado por la enfermedad creí haber quedado despiadadamente solo, pero no fue así porque tuve el acertado impulso de cambiarle el nombre y en lugar de llamarla Belén o Cuevita como era el nombre amoroso que le otorgué en vida, comencé a llamarla Soledad y desde entonces me acompaña día y noche: sigue siendo mi sombra y no me desampara porque nunca estoy solo.

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Tampoco me alcanzan las palabras – por Rodolfo Izaguirre

Desde Caracas puedo imaginar al viento que avanza sin descanso desde Jordania o desde el desierto del Negev. Ululante, pero por momentos sordo o dormido aunque insistente, activo; a veces violento como si sacudiera al aire árido y caliente, como si se empeñara en recordarnos que es soplo de vida, aliento creador, espíritu alado que puede ser noble y benéfico o perverso y letal.

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