DEJAR DE SER ÑIÑO
Tenía once años cuando murió Tula, mi mamá. La muerte entró sigilosa por la ventana del cuarto principal donde Tula yacía tendida en una cama clínica. Ninguno de los que estábamos allí evitó la bofetada que la mujer del sudario le asestó arrojándola al abismo de la eternidad.
En aquellos años treinta o comienzos de los cuarenta los niños usaban pantalones cortos, hasta la rodilla, pero a mí me los alargaron de urgencia para asistir como hombre a sus funerales. Es decir, detuvieron mis pasos de niño para hacerme adulto sin serlo todavía.
Resultaba algo absurdo porque la muerte apenas si logró establecer en mí un estupor, un estremecimiento que yo mismo no lograba explicar, no estaba preparado para entrar en la edad de los mayores cuyos propósitos tampoco llegaba a comprender. Eran personas cuyos asuntos no me interesaban, nada tenían que ver conmigo.
Simplemente, me estaban coartando mi imaginación, alejando al amigo invisible que seguía estando a mi lado, no obstante mis once años. En los juegos de mi imaginación me veía correteando con él, un tigre azul que años más tarde fue amigo invisible de mi hija Valentina.
Estando ella sentada en el avión que hacía escala en Cartagena lo vio entrar en un hangar y no lo volvió a ver nunca más.
Entré a la adolescencia con pantalones largos, pero en mi mente, en la mirada con la que descubría el mundo de los grandes seguía siendo un niño que fue adulto sin querer y a destiempo solo para satisfacción de los que asistieron al funeral de mi madre.
Sin proponérmelo he seguido siendo niño a medida que avanzaba mi edad adulta porque continúo encendiendo la lámpara de la imaginación, comprometiéndome en aventuras alejadas de toda aceptable convención, haciendo mía las circunstancias que marcan la vida de los personajes de las novelas que leo con insólita fruición.
Sigo viendo formas desconocidas en las nubes que pasan, en las manchas o rugosidades del techo de mi habitación, la inesperada existencia que aparece cuando cierro los ojos y me deleito las veces que me confundo con el verdor de mis helechos y hablo con ellos y ellos me ponen al tanto de lo que ocurre en los espacios adultos.
Mi padre, un ser impresentable, se molestó o se avergonzó cundo deserté de la Sorbona y del Derecho Administrativo y preferí navegar en las aguas del cine. Fue cuando se le oyó decir que yo me la pasaba hablando de Drácula y de Frankenstein. Y era cierto porque los monstruos del cine han sido mis amigos en todo momento y nunca he sentido miedo al verlos porque los verdaderos monstruos que sucesivamente han interferido en mi vida han sido los militares que han envenenado la democracia de mi incierto país.
No me avergüenza para nada confesar que a mis 95 años sigo siendo un niño que se asombra ante el mundo y no cesa de explorarlo y aprender de él. Por eso digo que los venezolanos que soportan la pesadilla chavista y han logrado hacer sus vidas también me han enseñado a disfrutar la permanente infancia que ha sido mi vida.

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