La carrera perdida contra el dólar: el drama de los sueldos en bolívares
En las bodegas del barrio, en los supermercados de los centros comerciales y en las paradas del transporte público de Venezuela, la conversación es siempre la misma, el dólar.
En las bodegas del barrio, en los supermercados de los centros comerciales y en las paradas del transporte público de Venezuela, la conversación es siempre la misma, el dólar.
Mientras en América Latina la inflación enseña desde temprano a mover el dinero para no perder valor, en el corazón de la Unión Europea ocurre el fenómeno opuesto.
En los pasillos corporativos de Houston y Washington, el mapa geopolítico del crudo se dibuja de nuevo. Doug Burgum, secretario de Interior de Estados Unidos y referente clave en la arquitectura energética de la administración estadounidense, lanzó una declaración que retumbó en la industria mundial: el eje gravitacional del suministro de hidrocarburos se desplaza aceleradamente desde Oriente Medio hacia el hemisferio occidental, situando a las reservas venezolanas en el centro de esta estrategia.
En la cotidianidad del venezolano, el dólar dejó de ser una moneda extranjera para convertirse en el pulso de la calle. Se paga en billetes verdes en el carrito por puesto, se cotiza en dólares al comprar pan y se calcula la vida en divisas antes de convertir a bolívares en la pantalla del punto de venta.
Cuando la tierra tiembla, como ocurrió con los recientes movimientos telúricos que pusieron a prueba los nervios en varias regiones del país, la sacudida física no hace más que detonar una estructura emocional ya tensionada por los embates del día a día.
La economía nacional sigue su marcha en una suerte de malabarismo constante donde los sueldos, la inflación y el costo de la vida compiten en una carrera desigual.
En el tablero geopolítico internacional, las decisiones bélicas y los indicadores económicos de las grandes potencias suelen cruzarse de manera directa. Mientras los frentes de combate continúan activos en el este de Europa, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hizo una declaración categórica que sacude el ámbito energético global: solicitó formalmente al mandatario ucraniano, Volodímir Zelenski, suspender las incursiones con drones contra la infraestructura petrolera y los centros de procesamiento de diésel en suelo ruso.
Las recientes decisiones del BCV tras su reunión con representantes de la banca nacional encendieron el debate económico Más allá de los ajustes técnicos inmediatos, estas medidas envían una señal … Leer más
La estampa de las puentes internacionales abarrotados de venezolanos regresando a Cúcuta con bolsas repletas de mercancía ha empezado a perder nitidez.
El pulso energético venezolano registra una nueva cifra para el debate. De acuerdo con el más reciente informe mensual de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), la producción de crudo de Venezuela alcanzó la cota de los 1.201.000 barriles diarios (bpd).
El bolsillo del venezolano se mueve desde hace años en una paradoja cotidiana. Mientras la economía de calle opera a punta de divisas, en la ventanilla del abasto o la caja del supermercado conviven dos realidades: el billete de Washington y un bolívar golpeado por años de inflación y desconfianza.
La tranquilidad en una de las terminales de reparación naviera más importantes del gigante asiático se transformó en un escenario de urgencia y luto.
En el mapa geopolítico del petróleo, el Estrecho de Ormuz representa la arteria más sensible del planeta. Ubicado entre Omán e Irán, por este angosto paso marítimo transita cerca del 20% del suministro mundial de líquidos petroleros y una quinta parte del gas natural licuado (GNL).
El Consejo Nacional del Comercio y los Servicios (Consecomercio) ha puesto sobre la mesa una propuesta directa: formalizar de una vez por todas un sistema bimonetario que legalice la circulación paralela del dólar y el bolívar.
El pulso militar en Medio Oriente alcanzó este martes 8 de septiembre un nuevo pico de intensidad, avivando la inquietud en los mercados globales de energía y manteniendo en vilo a la opinión pública internacional.
En las ferreterías y ventas de materiales de construcción del Gran Caracas y Vargas, el trajín matutino de bolsas de cemento, sacos de friyso, yeso y brochas se ha convertido en la estampa cotidiana.
En el tablero geopolítico del petróleo venezolano, la diplomacia se juega a tres bandas y con las cartas sobre la mesa.
Mientras los pasillos de La Campiña intentan adaptarse al vertiginoso ritmo de la diplomacia energética post-transición, una cifra resuena en las declaraciones oficiales: 25 años.
Durante décadas, las cámaras acorazadas de la Reserva Federal en Nueva York y el Banco de Canadá en Ottawa sirvieron como el refugio más seguro para la riqueza tangible de Europa.
Para el bolsillo del ciudadano común, la lógica económica debería ser lineal: si el barril de petróleo crudo cae o se mantiene estable lejos de sus máximos históricos, llenar el tanque debería ser proporcionalmente más barato.